Indígenas mexicanos, las nuevas mulas del narcotráfico

Cuentan su historia


Randall Gingrich, un trabajador social estadounidense que ha vivido más de 20 años en la Sierra Tarahumara, afirma que los grupos de narcotraficantes se han vuelto "omnipresentes" y es notable un incremento en el "uso" de tarahumaras.

"La situación ha empeorado mucho en los últimos 20 años. He visto cómo los mafiosos han cambiado la manera de actuar con los tarahumaras. Ahora son omnipresentes", comentó vía telefónica desde algún lugar en la Sierra de Chihuahua.

"Les ofrecen cantidades de dinero que ellos nunca van a obtener, pero el problema es que el riesgo es mucho y a veces ni siquiera les pagan", dijo Gingrich.

Las historias que corren de boca en boca en la Sierra Tarahumara han creado cierto recelo en algunos miembros de la comunidad.

Bernardino, un joven rarámuri de 17 años y originario de Guachochi, sabe que el miedo pesa más que la pobreza.

"Yo no le he entrado porque si te equivocas te matan", dice Bernardino en un español seco, sentado frente a una iglesia en la Colonia Tarahumara, a las afueras de Ciudad Juárez.

Bernardino, que prefirió mantener en reserva su apellido, llegó a la frontera hace apenas unas semanas buscando trabajar en la construcción. Adolescentes como él son carne fresca para los cárteles por ser recién llegados y en busca de empleo.

En ese barrio de las afueras de Ciudad Juárez, limítrofe con Estados Unidos, unas 150 familias rarámuris luchan por sobrevivir lejos de sus tierras originales en una urbe asolada por la violencia del narcotráfico.

La Colonia Tarahumara fue fundada hace 16 años, y la mayoría de los hombres se dedica a la construcción, mientras las mujeres, ataviadas con múltiples faldas coloridas y rebozos, hacen artesanía y piden limosna en la ciudad.

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