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Médicos sin Fronteras instalaron hospital clandestino en Siria

Gobierno rechaza a MSF


Las autoridades sirias, señala Ribeiro, les han comunicado en reiteradas ocasiones que no son bienvenidos y que se encuentran en situación ilegal, pero aunque intuyen que saben dónde están, en una zona controlada por los rebeldes en el norte del país, no han intervenido para echarles.

Su presencia sobre el terreno desde mediados de junio, con siete expatriados y unos 50 sirios como apoyo local, les ha permitido hasta la fecha atender a más de 300 pacientes y practicar cerca de 150 intervenciones, la mayoría de ellas en gente con heridas de bala o de obús.

"Nuestras puertas están abiertas a todo el mundo", indicó la especialista en cirugía general Anna Nowak, haciendo hincapié en que no les interesa saber si el paciente es un combatiente o una víctima civil, sino "si respira o no, o qué tiene fracturado".

El boca a boca lleva a las víctimas hasta sus instalaciones, una villa con doce camas que antes de que llegaran estaba deshabitada, y lo que más les ha impresionado, según la cirujana, es que la gente acuda "tras horas o incluso días sin cuidados, por las dificultades de acceso".

El suministro de material y de electricidad o agua, según el anestesista Brian Moller, que se encargó de dirigir ese hospital, forman parte de un día a día en el que como en toda situación de conflicto, "todo resulta un desafío".

La organización sostiene pese a ello que, aunque no tienen problemas de recursos, el cuidado que están ofreciendo es "insuficiente" respecto a la situación de violencia que se vive en el país, e insiste en que las organizaciones humanitarias tengan libertad de movimiento.

"Nos gustaría quedarnos todo el tiempo que se nos necesite, pero ya se verá cuánto vamos a durar", señaló Moller, uno de los cuatro integrantes de ese equipo que hizo balance de su trabajo en la zona hasta la fecha, que les ha tenido "increíblemente ocupados" y disponibles las 24 horas del día.

MSF evita pronunciarse en términos políticos, pero sí destaca haberse sorprendido de la solidaridad de la población siria - "en cuanto necesitábamos sangre aparecían 50 personas dispuestas a donar"- y de cómo intenta mantener una vida lo más normal posible dentro de ese contexto de inestabilidad.

"Sienten que el mundo está pendiente -concluye Moller- y les gustaría que se alcanzase una solución política, pero tienen la sensación de que de momento responder a los bombardeos es su única forma de mantener la lucha".

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