Publicidad | Vea su anuncio aquí

Decenas de fieles se crucificaron en Filipinas para proteger a sus familias

Filipinas

- Getty Images

Se tapan el rostro

ARRAYAT - Decenas de creyentes católicos se crucificaron y flagelaron en pueblos y aldeas de Filipinas para conmemorar el Viernes Santo, con la creencia de que con ese sacrificio protegerán a sus familias de enfermedades.

Los primeros en someterse al rito en la pequeña localidad de Arrayat, a unos cien kilómetros al norte de Manila, lo hicieron ataviados con una túnica morada y con el rostro cubierto, porque creen que si vieran desde los cuatro o cinco metros de altura de la cruz a sus seres cercanos no tendrían la fuerza necesaria.

Con tres o cuatro martillazos en la palma de la mano, los imitadores de Cristo quedan clavados a la cruz y entonces son alzados por una cuadrilla de quince personas para exhibir su sufrimiento ante las decenas de personas del pueblo y de los alrededores que desafían la canícula para contemplar el rito.

A medida que avanza el ritual, alguno se atreve a mostrar las muecas de dolor de su cara y hay quien incluso prescinde de la túnica, pero sólo uno de ellos, Sammy Mannansava, de 39 años, pide que le claven los pies, además de las manos, al madero.

"Un poco nervioso"

Mannansava fuma con cierta ansiedad mientras observa, apoyado contra su cruz, la penitencia de sus predecesores, al tiempo que charla con los espectadores y comenta a un encargado de introducir los clavos, cuidadosamente guardados en un frasco lleno de alcohol, qué parte del pie debe atravesar.

"Me clavo también los pies porque quiero realizar un sacrificio mayor para mi familia, antes de hacerlo estoy un poco nervioso, y también cuando estoy arriba, pero rezo mucho y eso me da fuerzas para olvidar el dolor", comenta mientras apura su penúltimo pitillo.

Su crucifixión, la última, es también la que más expectación ha despertado y la que provocó más murmullos de asombro entre el público, mientras suena a todo volumen una música de aliento épico.

Ya van seis años

Después de cinco minutos crucificado Mannansava, con la cruz girando para mostrar su rostro a todo el mundo, los voluntarios lo bajan, le extraen los clavos y tratan de detener una ligera hemorragia, más abundante en los pies que en las palmas.

Es el sexto año que se somete a este rito y se ha propuesto alcanzar las 25 crucifixiones consecutivas antes de dejar paso a la juventud.

Antes del nuevo propósito, Mannansava pasó quince Viernes Santos seguidos de flagelante para adorar a Cristo, igual que otras decenas de filipinos lo hicieron este viernes, ocho de ellos en la misma localidad de Arrayat.

"No siento ningún dolor, ni siquiera lo sentí la primera vez hace cinco años", explica Noel Cojungco, apenas una hora después de terminar su "penitensiya" (penitencia en tagalo), mientras las cerca de 60 pequeñas heridas que le cubren la espalda todavía supuran.

Publicidad | Vea su anuncio aquí

Publicidad | Vea su anuncio aquí