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Crisis por cierre de albergue en México
Buscan soluciones
Espinosa no cree que la migración sea un asunto de humanidad sino de dinero: "pidiendo limosna esos centroamericanos ganan en un día hasta 800 pesos (alrededor de $60) cuando ese es el salario de un obrero mexicano en una semana", calculó antes de tomar un respiro.
"Pero ya se les cayó el negocito", dijo con un aire de complacencia porque desde el rabillo de un ojo alcanzaba a ver que unos cargadores subían al carro de la mudanza un sofá.
Entonces matizó: "Sólo queremos que se vayan a un lugar más amplio, donde quepan todos y no se desparramen en las calles: se lo dijimos al cura encargado, a la Procuraduría General de la República (PGR), a los de Seguridad Pública Municipal y a las empresas de ferrocarril desde hace dos años".
Cuatro patrullas pasaron con las torretas apagadas y una camioneta de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México (CDHEM) siguió de largo unos metros, hasta donde estaban los migrantes.
El visitador general Juan Manuel Torres descendió con tranquilidad, vestido con un pulcro traje negro y zapatos lustrados que hicieron contrastar los atuendos desgarrados de los centroamericanos.
Sí ha habido quejas por abusos contra ellos, reconoció, 20 o 25 durante este año y 40 el año pasado; "las menos" de la policía municipal y "las más" de la seguridad privada de los guardias ferroviarios que los tunden a palos o cobran por dejarlos subir al toldo del ferrocarril.
Horas antes acudió a las oficinas de la CDHEM una mujer de 29 años. María Elena Díaz pidió ser deportada a su natal Honduras. Hambrienta, cansada y sudorosa vio en dos semanas de su paso por México lo suficiente para conocer las miserias humanas.
En Orizaba (Veracruz, sureste) vio caer a un compañero de viaje y cuando le pasó el tren arriba y lo despedazó ante los ojos desorbitados de su primo que moría del dolor de no poder detenerse porque el tren siguió su curso, imparable.
Días antes, en el mismo estado secuestraron a los centroamericanos que subieron al tren que ella y su pareja dejaron pasaron porque iban muy lleno. "Lo dijeron después en la televisión".
El último hecho que presenció fue la humillación en las afueras del albergue de Tultitlán, donde hasta anoche, ninguna autoridad tomaba riendas del caos, de la crisis migratoria. El Instituto Nacional de Migración no respondió la llamada de este diario.
"Nos tratan como perros", dijo María Elena sobre la falta de alimento y cama; sobre la actitud de los guardias como ese grande bigotón que la mira con arrogancia a unos metros de distancia.
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