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Crisis por cierre de albergue en México
Migrantes centroamericanos sufren travesía
- AFP
Buscan una esperanza
TULTITLÁN, México - La corneta del tren sonó de pronto y el grupo de centroamericanos que esperaba desde tres días atrás a los pies de la vía se levantó con una alegría que duró cinco minutos, justo el tiempo que tardó en aparecer un hombre alto, de prominente barriga y bigote.
¿Cuáles son los principales males que aquejan a los migrantes? Opina en los Foros.
- Paren el tren- ordenó al ver las primeras carreras de los transmigrantes que pretendían subir como polizones al transporte de carga que los podría encaminar rumbo a la frontera norte si no fuera porque el jefe de vigilancia de la compañía Kansas City Southern lo va a impedir una vez más.
"Desde el domingo no nos dejan: primero se paran, se echan para atrás y agarran toda la velocidad y vuelven a parar, si no nos bajamos nos agarran a garrotazos, ayer me dieron uno en el pecho que me dejó loco".
El drama de la migración
José Bautista resume el drama de por lo menos dos centenares de inmigrantes que se encuentran varados en el municipio de Tultitlán, Estado de México, la periferia de la capital mexicana que hacen la mancha voraz de 20 millones de personas en la urbe, un campo de supervivencia que despierta las peores mezquindades humanas.
El fin de semana la iglesia católica anunció la clausura del único albergue que daba cobijo, alimento y aseo a los "sin papeles".
Fue por presión de los vecinos que ayer observaban con simpatía al carro de mudanza que sacaba literas, ollas de cocina, sillas, cacharros, mientras los centroamericanos intentaban sin éxito huir de la xenofobia local.
- ¿Cómo se van a ir de aquí si no los dejan subir?- se le preguntó al guardia de la firma Kansas que en el momento transportaba cloro.
"Ese no es nuestro problema", respondió con una mueca de disgusto contemplando el reguero de papeles, bolsas plásticas y botellas de refresco que los inmigrantes tenían a su alrededor, entre cobijas y ropa sucia como si fueran vagabundos.
Algunos permanecían acostados, cerraban los ojos para intentar dormir; otros, improvisaron un partido de fútbol con una pelota que un transeúnte les regaló.
Los habitantes de las colonias más alejadas del albergue representan el ultimo ramalazo de solidaridad en la zona: trajeron jugos enlatados, atún, galletas y pan que los chicos colgaron de sus pantalones, racionando las porciones de comida que les niegan los vecinos de los alrededores de las vías ferroviarias.
Éstos no quieren ni verlos, como si hace tres años y ocho meses -cundo la iglesia católica decidió abrir la casa de huéspedes- hubiera caído una especie de maldición.
Osvaldo Espinosa, uno de los padres de familia que encabezó a los colonos inconforme contabilizó las desgracias: tres muertos, ocho violaciones, 534 robos, un secuestro masivo donde desaparecieron 40 migrantes, miles de defecaciones en las calles, marihuana, alcohol, malos olores…
"Lo hemos documentado con video", afirmó frente al refugio que aún conservaba ayer un letrero escrito en letras negras "Los vecinos de la colonia Lechería no queremos este alberge".
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