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  • El peligro del fanatismo religioso
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El peligro del fanatismo religioso induce al suicidio

El fanatismo religioso puede llevar a las personas a cometer actos extremos, como ocurrió en 1993 en Waco, Texas, cuando miembros de la secta Davidiana se atrincheraron en un rancho.
Durante 51 días, agentes federales negociaron con los seguidores de David Koresh para que abandonaran el rancho. Hubo varios detenidos y hasta varios muertos en un tiroteo donde cayeron cuatro agentes y seis miembros.
Finalmente, el 19 de abril de 1993, las instalaciones donde estaban escondidos los miembros fueron bombardeadas por los agentes federales.
Más de 80 miembros de la secta fueron muertos. La rama 'davidiana' de la Iglesia Adventista proclamaba la segunda llegada de Jesucristo.
El caso representa el extremismo de la fe y la ceguera de la gente que estaba consagrada a sus creencias apocalípticas.
No obstante, el caso más resonado en la historia de estas sectas fue el ocurrido en Guyana, donde funcionaba El Templo del Pueblo, liderado por Jim Jones. Si bien sus seguidores asistían a los habitantes locales con educación y comida, detrás había un enfermizo fanatismo que los movilizaba.
Jim Jones había fundado la secta años atrás en el estado de Indiana y luego se trasladó a California. Más tarde, él y sus seguidores se mudaron a Guyana. El pueblo donde se instalaron fue bautizado Jonestown.
Nadie imaginó la tragedia que se avecinaba. Jones le ordenó a sus seguidores a que cometieran un suicidio masivo.
Fue así que el 18 de noviembre de 1978, más de 900 personas se quitaron su vida tomando drogas. La masacre sacudió al mundo entero. Cinco personas más murieron en el cercano aeropuerto, incluido un legislador norteamericano. Hasta el momento, es la peor tragedia en la historia de las sectas.
El fanatismo religioso nunca llegó tan lejos como lo ocurrido el 11 de septiembre de 2001, cuando dos aviones fueron estrellados en las Torres Gemelas de New York.
En cuestión de minutos, otro avión se incrustaba en la sede del Pentágono en las afueras de Washington, DC. Y otro, se desplomaba en un campo en Pennsylvania. Diecinueve fanáticos religiosos islámicos secuestraron los aviones en represalia por el tratamiento de los palestinos por parte de Israel y Estados Unidos.
El extremismo islámico causó una tragedia de mayúsculas proporciones en nombre de Alah y la Guerra Santa, o Jidah.
El mundo perdió la inocencia a partir de entonces. Y ya nunca fue el mismo. En nombre de Dios, fueron masacradas casi 3,000 personas, todas inocentes.
El hecho ocurrido en California con los jóvenes salvadoreños que iban a encontrarse con Jesucristo, confirma que el fanatismo religioso está latente en la sociedad. Y que aún ciega a las personas, como ocurrió en Waco, en Jonestown y en New York.
¿Cómo puede una sociedad evitar hechos violentos en nombre de una fe, de un Dios o una religión? Es uno de los grandes interrogantes para los cuales no hay fáciles respuestas.

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