Emigrantes clandestinos en México dudan seguir hacia EU tras masacre

AFP | Aug 28, 2010 | 6:41 PM

Efecto secundario

TULTITLAN, México - Los hondureños José Medina y Alex Hernández, dos emigrantes indocumentados en México, intercambian monosílabos mientras el primero espera a las autoridades para ser deportado y el otro un tren que lo acerque a la frontera con Estados Unidos.
"Mi corazón siente que ya no puede seguir para arriba, para el norte", dice a la AFP José, de 22 años, originario de Progreso, Honduras, mientras observa el diario que publica la noticia y las imágenes de la matanza de 72 emigrantes en San Fernando, en Tamaulipas (noreste), fronterizo con Texas.
A su lado, en el dormitorio del albergue Casa del Migrante en Tultitlán, en las afueras de Ciudad de México, Hernández, de 19 años y quien hace un mes salió de Tegucigalpa, espera el tren que lleva al norte y que cada año transporta las ilusiones de decenas de miles de emigrantes sin papeles.
Siempre con miedo
"Esto da miedo, pero uno siempre tiene miedo, miedo de que si uno se queda en su país siempre se muere de hambre. Si uno no se arriesga, nunca se hace nada", comenta Hernández, quien hace tres días llegó al albergue con fuertes dolores en el cuerpo y fiebre.
Medina, que en su segundo intento renunció al "sueño americano" y que el año pasado fue secuestrado por hombres armados en Tamaulipas, observa en silencio a Hernández. "Seguir o no, es decisión de cada quien, cada quien mira con su vida", comenta a la AFP.
Este hondureño llegó a Brownsville, Texas, tras lanzarse por el río Bravo la el 24 de diciembre de 2009, pero fue deportado por la patrulla fronteriza estadounidense hacia su país.
Días antes de cruzar el río, Medina había sido secuestrado. "En Matamoros (Tamaulipas) un hondureño me vendió con unos hombres, me tuvieron tres días en una casa, Querían el teléfono de mi familia para pedir dinero, pero entendieron que era pobre y me dejaron ir", explica.
Víctimas de secuestro
Medina describe a los hombres que lo retuvieron como "vestidos de negro y con el rostro cubierto", que tenían a decenas de personas retenidas en una casa, y no duda que se tratara de los Zetas, ex soldados reclutados por el narcotráfico que son señalados como autores de la masacre de esta semana.
El albergue, dirigido por religiosos católicos y que ofrece alojamiento y comida un máximo de tres días, ha llegado a recibir hasta a 200 personas, pero este viernes sólo albergaba a una decena de emigrantes centroamericanos.
"La llegada de emigrantes ha bajado mucho, otros albergues reportan que muchos están regresando a sus países. Ayer se entregaron 12 para que los deporten y hoy lo harán seis", explica Guadalupe Calzada, coordinadora del lugar.
Al menos tres centroamericanos, entre ellos Hernández, siguen determinados a seguir su viaje al norte y lo único que queda, dice Calzada, es alertarlos de los peligros y sugerirles buscar una ruta distinta de Tamaulipas, la más corta hacia la frontera desde el centro del país.'Camino de locos'"Ese camino es de locos, prefiero morirme de hambre en mi país, aunque al final nadie se muere de hambre, yo he vivido así 24 años", comenta el nicaragüense Juan Antonio Palacios, quien desde hace tres meses colabora en la Casa del Migrante.
En la vía del tren cercana, emigrantes deambulan en espera de la máquina, pero ahora algunos esperan abordarla en dirección contraria, al sur, de regreso a su país.
Ahí están el hondureño Julio Flores, de 36 años y que trabajó hace cuatro años en California, y el guatemalteco Juan Hernández, de 31. El primero está decidido a regresar, el segundo afirma que espera unos días para decidir.
"Lo que no hay en tu país, en otro lado lo encuentras. Yo sólo me encomiendo a Dios para que no me pase nada", dice Juan Hernández al repetir una plegaria que es común escuchar entre los centroamericanos que viajan ilegalmente.
©AFP
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