Para "chuparse" los dedos

Univision.com | Oct 03, 2007 | 10:45 AM

De a hueso

CIUDAD DE MÉXICO – Sus huesitos truenan por todo el oriente de la capital mexicana. Aunque se les ve menuditos, no hay huesos más famosos que los de los hermanos Arredondo, que todas las noches los sacan a relucir, provocando que más de uno les dé tremenda mordida.
Así son los “Los Huesitos de la 106”, nombre con el que se le conoce a esta extraña botana que tiene cientos de seguidores. Las filas para su compra lo demuestran.
Si bien México se caracteriza por tener una buena y variada cocina, resulta poco creíble conocer este negocio que se dedica a la venta de puro hueso de pata de puerco. Así, sin más, con poca carne y entre más huesudo esté, es mucho mejor, asegura Ángel Arredondo, dueño del lugar.
“Es la tradición, la gente pide los huesos más pelones”, cuenta Ángel a Univision.com.
La idea no es nueva, su padre, Erasmo Arredondo, comenzó desde hace 40 años.
“Antes tenía una carnicería en Jamaica [mercado popular], pero luego se quedó sin puesto y comenzó a vender espinazos. Fue subiendo el costo y ya no podía invertir, entonces buscó qué parte del puerco tenía cocimiento de botana y de ahí surgieron los huesitos de la Ramos Millán [nombre de la colonia donde están ubicados]”, resalta.
A diario venden 660 libras de hueso. Los compran en las embutidoras y, en un tiempo récord, en menos de dos horas, ahí sí que no quedan “ni los huesos”.
Aunque pareciera comida para perros, extrañamente los canes son los que menos se acercan. Ni las moscas se les paran, dicen sonrientes los hermanos Arredondo.
En este negocio todo tiene su chiste. No es que los huesos se vendan fríos y al ahí se van. La preparación tarda más de 4 horas y aunque los hermanos aceptan que no es la gran ciencia hacerlos, tienen su secreto: la salsa que les da ese peculiar sabor.

Huesos de exportación

Y es que a primera vista estos huesitos no se ven nada antojables, incluso llegan a provocar cierta repulsión, pero una vez que agarran más color y que el olfato distingue un olor parecido al del chicharrón, más de uno se anima a probarlos.
“Ha venido mucha gente nueva por la curiosidad y después de que los prueban, regresan.  Hay gente que se ha ido a Estados Unidos por más de 10 años y cuando vuelve de visita  llevan hasta para sus familiares allá”, explica Ángel.
La apariencia parece no importar a los amantes de “huesear”. Incluso Don Erasmo los vendía envueltos en papel periódico…la gente así se los llevaba.
“Una vez llegó un señor de esos que son medio alzadones y siempre veía como se formaban las personas, pero él nunca pedía. Un día encargó que le vendieran 10 pesos (un dólar) para su perro, ‘pero échele harto chile para que se vuelva bravo’, dijo, y resulta que a los pocos metros lo encontraron comiéndose él los huesos”, recuerda Ángel.
A Mauricio y Ángel les daba extrañeza esta inusual forma de vender.
Mauricio, el actual encargado y con más de 13 años en el negocio, recuerda que se apenaba cuando era niño.
“En cierto momento te cohíbes porque dices ¡ay! Te apenas porque dices ¡como huesos! Y luego  me preguntaban en la escuela sobre qué negocio tenía mi papá y yo decía que carnicerías. Uno de chiquito no sabe y ahora mi hermano y yo le seguimos los pasos”, cuenta con orgullo.

En la 106

Los “Huesitos de la 106” han sido exitosos desde antes de instalarse en el oriente del Distrito Federal. Don Erasmo solía venderlos por las calles en un carrito del supermercado. No necesitaba más y ésto era suficiente para atraer a los curiosos paladares.
Era famoso en las afueras de un cine del mismo rumbo. Todos compraban huesitos y en vez de aventarse palomitas en plena función, lo hacían con huesos. Esto ya tiene más de 35 años.
Ahora la gente parece nada más estar esperando la hora en la que salgan los huesos de los hermanos Arredondo. Desde la preparación, decenas pasan una y otra vez preguntado si ya están los huesitos.
“A veces la gente no se calma hasta que despachamos y acabamos la venta rápido”, confiesa orgulloso Ángel.
El local es muy simple pero eso sí, tan limpio que no da desconfianza alguna. No hay mesas para comer, ese es el chiste, que se coman los huesos parados, si no se perdería la tradición, cuenta Arturo Rivera, un cliente distinguido desde hace 7 años.
Tampoco hay un letrero gigante que los anuncie, sólo un aviso que aclara que el paquete mínimo es de 10 pesos (un dólar), el cazo donde se cuecen los huesos, el papel destraza donde se envuelven, una mesa donde se coloca la salsa y un lavabo con su baño. No hay más.
“Si llega a sobrar, adiós mercancía. No se echa a perder, pero preferimos trabajar con huesos frescos aunque haya pérdidas”, explica Mauricio.

Generando adicción

Aunque es raro que les queden huesos, la mayoría de las veces ni para la familia alcanza. Y es que a diferencia de otros comerciantes, los hermanos Arredondo sí que consumen su producto y sus hijos son prueba de ello: los gemelos, hijos de Mauricio, han crecido saboreándolos con un año de edad.
Antes de iniciada la venta, la fila de paladares seguidores ya estaba más que puesta. Extrañamente hay quienes se hacen tortas de hueso.
“Mis hermanos me pedían 2 pesos para ir por sus huesitos. Eran de los que se comían las tortas de huesos. Hay gente que le da una mordida al bolillo y otra al hueso. Ahí estás jugando con tu huesito hasta que le quitas completamente el sabor”, comenta don Arturo.
Rafael, un joven veinteañero, reconoce que es adicto a estos huesitos desde los 9 años.
“Están chidos [ricos],  pruébalos y vas a ver. Vengo cada 15 días o cada mes, todo depende. Hay que estar buscando la carnita, saben muy bien”, cuenta este joven, quien agrega que ha hecho filas hasta de una hora con tal de saciar su antojo.
En el mismo caso está Aurelia Hernández, de 80 años, que a diario le guarda fidelidad a los “huesitos de la 106”.
“Me gustan los nervios que tienen”, asegura.
Pero la fama y la popularidad no es lo que más les recompensa a los hermanos Arredondo, sino el orgullo de guardar la “huesuda” herencia de su padre.
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