Los lacandones, indígenas modernos

EFE | Jul 11, 2005 | 2:13 PM

Desarrollo local acertado

Considerada hasta hace apenas unas décadas una etnia en riesgo de extinción, los lacandones son uno de los grupos indígenas mexicanos que mejor se adaptaron a la modernidad. El esmero oficial y de instituciones privadas por preservarlos como parte fundamental de la Selva Lacandona, la más importante por su biodiversidad de América del Norte, ha sido muy aprovechado ventajosamente por los lacandones.
De la caza, la pesca y la recolección de las que sobrevivían apenas hace 30 años,  los Hach Winik ("hombres verdaderos", como se autodenominan ellos mismos) son prósperos comerciantes, guías de turistas, gestores en zonas arqueológicas e incluso protagonistas de obras de teatro en San Cristóbal de Las Casas.
Esta ciudad colonial de Chiapas, sur de México, se convirtió en 1994 en epicentro informativo del levantamiento armado de indígenas, movimiento al que los lacandones no se sumaron como grupo étnico.
Lejos está el peligro de extinción manifestado en 1976 por antropólogos que registraban en los censos oficiales menos de 400 lacandones. Actualmente, la Comisión para el Desarrollo de los Pueblos Indios (CDPI) ha contabilizado 896 miembros de esta etnia.
Gerver Castellanos, estudioso de la conducta de los habitantes de la Selva Lacandona, explica que las migraciones de indígenas tzeltales y choles dentro de la reserva ecológica ha favorecido los matrimonios entre estas tres etnias.
Castellanos, propietario del Museo de Jade y del Centro de Interpretación de la Selva, advierte que estas uniones modificarán la cultura lacandona, deteriorando principalmente el dialecto lacandón "porque los niños aprenden hablar por línea materna,  y la mayoría son madres tzeltales o choles aun cuando el padre sea lacandón".
Historiadores religiosos hablan de las frustradas misiones católicas que incursionaron en aldeas lacandonas que adoraban al sol y ofrendaban a pequeños ídolos tallados en piedra, pero hoy estos indígenas son en buena parte evangélicos o protestantes, explica Castellanos.

Montes Azules, una reserva ecológica amenazada

A diferencia del resto de los grupos de indígenas de Chiapas que padecen extrema pobreza, los lacandones son los dueños legales de la reserva ecológica de los Montes Azules, gracias a un decreto oficial de 1976 para facilitar el control del Gobierno mexicano sobre las riquezas naturales de la zona.
Amenazada desde siempre por traficantes de madera, joyas arqueológicas, fauna y flora selvática y actualmente  buscadores de material genético inédito, los lacandones tomaron conciencia de la importancia de su territorio y ahora son  protagonistas en todo asunto lícito o no, que ahí se hace.
La reserva de la selva Lacandona, considerada como una de las regiones más valiosas en biodiversidad de México, se ha ido reduciendo y ahora abarca 584,174 hectáreas en comparación con los 1.3 millones de hectáreas de hace cinco décadas.
Del área actual, unas 331,200 hectáreas corresponden a los Montes Azules, donde se localiza la aldea principal de los lacandones y una de las localidades de Chiapas donde hace una década se registró el alzamiento de los rebeldes del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN).
Uno de los comuneros lacandones, Carmelo Chambor Yuc, recibió su título de propiedad en 1976, luego de que el Gobierno del entonces presidente mexicano Luis Echeverría emitiera un decreto al respecto.
Chambor afirma con tristeza que el bosque chiapaneco está siendo extinguido sin piedad y tal vez sin remedio, en medio de la deforestación y el cambio climático.
"La selva se ha reducido, hay temporadas en que no llueve y otras en que llueve demasiado", comenta con la mirada perdida en el horizonte verde.

Sus exóticas especies

Con la melena maltratada, con una manta sobre su túnica y los pies descalzos, el viejo líder sonríe irónicamente al hablar de los zapatistas, quienes al anunciar su rebelión armada  lanzaron su  "declaración de la Selva Lacandona".
"Si no es ahí donde están, él (Marcos el Subcomandante del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, EZLN) está en las cañadas. Lacandona es la selva, donde está Montes Azules y ellos hablan de la selva lacandona, nosotros somos lacandones".
La Organización de Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) decretó en 1978 como Reserva de la Biósfera la zona de los Montes Azules, al tiempo que el Gobierno de México considera a la región como el proyecto de conservación más importante del trópico húmedo del país "debido a la calidad y cantidad de los recursos naturales y culturales contenidos en ella y a los servicios ambientales que genera".
Aunque representa apenas el 0.4 por ciento del territorio mexicano, la selva Lacandona guarda el 33 por ciento de las aves y murciélagos, el 11 por ciento de los anfibios y reptiles y el 25 por ciento de los mamíferos del país, según fuentes oficiales.
Se trata del último reducto conocido del águila arpía y las guacamayas rojas que en otros tiempos volaban por diversas regiones del país.
Otras especies animales amenazadas, como el tapir, el jaguar, el ocelote, el mono araña y el mono aullador o "saraguato", todavía se pueden ver en la selva Lacandona, aunque los lugareños advierten de que la mano depredadora del hombre les acecha.
De su flora y fauna sólo se han contabilizado 2,700 especies de las 42,756 que se estima habitan en sus innumerables microclimas, entre los valles y montañas que van de los 300 metros a los más de 2 mil metros sobre el nivel del mar.

Una larga costumbre

La reserva Montes Azules pertenece a la región hidrológica Grijalva-Usumacinta, la corriente de agua más importante y extensa de México y entre sus beneficios primordiales se hallan la generación de oxígeno, la captación de agua y el mantenimiento del suelo.
Los sitios arqueológicos mayas, entre ellos Bonampak, representan potenciales turísticos, que ya están siendo explotados por varios grupos indígenas, entre ellos los mismos lacandones quienes actualmente cobran a cada visitante unos seis dólares por trasportarlos por los caminos de las aldeas.
Dependencias de Gobierno y organismos internacionales han realizado en las últimas tres décadas innumerables acuerdos y transacciones con los lacandones para explotar y experimentar en el bosque.
Gerver Castellanos, del museo "Centro de interpretación de la selva", lamenta que la zona haya sido convertida en "un laboratorio experimental de toda clase de proyectos que ningún provecho han dejado a la Lacandona".
Castellanos, quien convive con la etnia desde hace más de una década y sostiene actualmente un litigio agrario de cuatro hectáreas con la directiva de los lacandones, asegura que la población está creciendo al mezclarse con indígenas choles y tzeltales.
Manteniendo el cabello largo, tanto hombres como mujeres, los lacandones lo mismo visten su sencilla túnica blanca, que pantalones y camisa vaquera, dependiendo del clima.
Hace medio siglo elaboraban flechas de madera de Guayacan y punta de jadeita para pescar y cazar, actualmente las hacen de diversos materiales exclusivamente como recuerdos para los  turistas.
La mayoría de jóvenes lacandones se dedica al comercio de artesanías y guía a grupos turísticos o de exploradores por las comunidades y atractivos naturales.
Algunos otros jóvenes, como Manuel Chancayun y Mario Chambor, son reconocidos actores en San Cristóbal de Las Casas, una de las principales ciudades de Chiapas, donde protagonizan la obra "El Señor de la Tierra" sobre los murales de Bonampak que se presenta por temporadas para turistas extranjeros.
Diversos activistas de Chiapas aseguran que la biopiratería y lamanipulación genética impulsadas por empresas transnacionales representan a medio y largo plazo la principal amenaza para la selva Lacandona y los indígenas de la región.
Pese a todo en Montes Azules el Gobierno mexicano también reconoce "valores aún intangibles de especies silvestres con potencialidades medicinales o agrícolas que todavía no han sido descubiertas o desarrolladas".
Onésimo Hidalgo, activista del Centro de Investigaciones Económicas y Políticas de Acción Comunitaria, afirma que entre las mayores amenazas están las de los gobiernos extranjeros y laboratorios trasnacionales, que codician el patrimonio genético del bosque chiapaneco.
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