A rey muerto

Univision.com | Jun 18, 2014 | 11:30 PM

Por Martín Caparrós

Sabemos que es injusto: radicalmente injusto, pero va a ser así. Hoy, mañana, ni el loro va a extenderse en la victoria de Chile, su clasificación temprana, su éxito indudable. Nadie: todo es España, la caída del campeón más bello.
“Hoy hubo una muerte súbita, tan inesperada: nunca un campeón mundial había perdido así”
Es lógico: somos culturas de la muerte. Nos hicimos a partir de la tortura de un agitador religioso palestino y festejamos a nuestros próceres el día que palmaron y hacemos de nuestros muertos estandartes. Hoy hubo una muerte súbita, tan inesperada: nunca un campeón mundial había perdido así. España, en esta copa, fue como tantos de nosotros: empezó haciendo un gol, prometiendo futuros venturosos y después ni uno más y, en cambio, siete en contra.
No faltarán quienes insistan en que fue una conspiración republicana: que alguien maquinó que, para complicarle la vida al rey que llega, nada mejor que enfrentarlo a la derrota de sus únicos campeones. O quienes digan que fue puro monarquismo: que, para marcar su peso, ese rey que se va se lleva en su caída el gran orgullo nacional de su nación en tiempos de orgullo tan escaso.
Son pamplinas: hablar de reyes es pamplina. Los futbolistas españoles perecieron por una sobredosis de sí mismos. Dos jugadas, por ejemplo, cuando ya estaban 2 a 0 abajo: en el minuto 79, un contraataque rápido por un error chileno y el avance que, en vez de concretarse, se disuelve en maraña de pases: como si el escorpión no pudiera –realmente no pudiera– con su naturaleza. La segunda: minuto 95, toques que empiezan a retroceder, via Iniesta, desde el área chilena y terminan en la propia: la impotencia, la terrible impotencia.
Una idea de la retórica: el amoroso de sí, relato ensimismado. Un discurso que no consigue completar sus frases porque le gustan tanto que siempre agrega un adjetivo, un adverbio, un verbo por pasiva y que, a fuerza de hacerlo, ya no sabe cómo cerrar una oración. El olvido de buscar finales, entonces, lo hunde en este final tan anterior a lo previsto.
La derrota es bruta y se va a cargar a una generación –y a un rey de copas: no es probable que la carrera del marqués de Del Bosque, tan amado, sobreviva a este choque. Con él se va a acabar este linaje español de viejos sabios y modestos, desaliñados, calvos; alguna forma de la modernidad, temible, bien vestida, amenaza a la vuelta de la esquina.
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