El mundo al revés

Univision.com | Jun 11, 2007 | 12:00 AM
Esta es mi segunda visita a Las Vegas. La primera fue hace más de dos décadas. Pero la recuerdo porque me corrieron de todos los bares y casinos… Aún no había cumplido los 21 años. Ahora fue muy distinto.
Este es un universo invertido. Es el mundo bizarro que aparece en los comics de Superman. Esta es la ciudad del escapismo. Mucha gente viene a Las Vegas para hacer lo que no pueden hacer en sus casas.
Nunca he visto a tanta gente perder tanto dinero tan rápido como en las mesas de ruleta, dados, poker o black jack. Apostar 100, 200 o 1000 dólares y dejarlos ir en una mala mano, o con el caprichoso rebote de una pelotita, es la regla. Puro masoquismo lasveguiano.
Sabía que iba a perder
Recuerdo particularmente a un hombre en trance que dejaba al mismo tiempo apuestas de 100 dólares en varias mesas de ruleta, y luego ni siquiera regresaba para ver si había ganado. Asumía con patético pesimismo que iba a perder.
¿Por qué no se iba del casino?, me preguntaba. Pero sus movimientos automáticos, como de un zombie, indicaban que había perdido más que dinero. Su voluntad ya no le pertenecía, le pertenecía a los dueños del hotel que él enriquecía.
Es muy probable que su capacidad de decisión, al igual que el de la mayoría de los jugadores, hubiera sido inundada por cantidades industriales de alcohol. Aquí se puede conseguir cualquier bebida por menos de un dólar, siempre y cuando estés apostando.
Con botella en mano
No hay nada más patético en Las Vegas que esos hombres que se desplazan en grupo y que, como manada que cuida sus biberones, llevan -cada uno- una cerveza en la mano. ¿Qué tratan de decirnos? ¿Que se están divirtiendo cargando una bebida alcohólica de un dólar? ¿A quién creen que se pueden ligar así?
En el llamado strip -compuesto por una docena de cuadras donde están los hoteles y casinos más importantes- es fácil encontrar a inmigrantes latinoamericanos recién llegados que ofrecen en unas tarjetitas los servicios de Lety, Lucie y Julie por 35 dólares.
No está muy claro qué se obtiene exactamente por esa cantidad. Pero para averiguarlo, ahí está el teléfono en las tarjetas debajo de sus cuerpos semidesnudos.
Amor fácil no es la única ilusión. Las Vegas te vende el falso sueño de que, una vez aquí, ya no es necesario visitar ninguna otra ciudad del mundo.
¿Para que ir a Europa a ver la Torre Eiffel si encuentras una burda réplica aquí en el Hotel París? ¿Para qué visitar Nueva York si el hotel del mismo nombre hizo una vaga imitación de sus calles, incluso con alcantarillas donde sale vapor?
¿Y para qué viajar a Venecia si en el hotel Venetian te pueden cantar en italiano en una góndola sobre canales artificiales de agua transparente a 100 metros del lobby? ¿Para qué ir a Florencia a ver el David de Miguel Angel si una copia está en el Cesar’s Palace?
La fuente de Trevi y los jardines flotantes de Babilonia están a unos pasos de las maquinitas tragamonedas. ¿P’a qué ir a otro lado si Celine Dion, Elton John y Alejandro Fernández vienen a cantar acá?
Además, Prada, Channel, Armani, Gucci y sus hermanas tienen sucursales.
Comer, comer, comer…
Y si lo suyo son los pecados capitales -además de desfalcar tu crédito, farandulear, chupar, jugar o reventarse- siempre está a su disposición la bíblica gula.
En los famosos buffets, por una módica suma, se puede comer un elefante. O dos.
Sigo impresionado por las largas filas de hot cakes, carnes frías, salmones, postres, tocino y demás tapones de arterias acompañadas por aún más largas filas de obesos dispuestos a romper a mordiscos las recomendaciones de sus médicos y la última dieta de moda baja en carbohidratos.
No existe el tiempo
La temperatura de los restaurantes, teatros y casinos -un poco friíta- te evita adormilarte y la luz tenue te evita saber si es de día o de noche. No hay relojes en ningún lado.
Es fácil perderse; todo parece un laberinto. Y las puertas siempre están demasiado lejos y escondidas como para notar el paso del tiempo.
Pero en algún momento te tienes que ir. Aunque sea arrastrado.
Se van pensando
El aeropuerto de Las Vegas, además de sus increíblemente largas filas para los chequeos de seguridad, es un claroscuro de la naturaleza humana. Los que llegan portan todavía esas máscaras con sonrisa dibujada; están seguros de ganarle una partida al destino.
Los que se van, en su mayoría, arrastran en sus arrugas noches de juerga y les cuelgan ojeras marcadas por apuestas perdidas. Con las manos en los bolsillos rotos, sus ojos se pierden en el vacío haciendo los imposibles cálculos para el próximo pago de la renta o de la tarjeta de crédito.
Pero a todos les quedará el consuelo de que, al menos por unos días, pudieron vivir su vida al revés.
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