En primera persona: detalles íntimos de la entrevista con la madre de Baby Hope

Univision.com | Oct 17, 2013 | 8:48 AM

Blanca Rosa Vilchez repasa cómo logró dar con la madre de la niña. Secretos e impresiones de ese día.

Por Blanca Rosa Vilchez, corresponsal en Nueva York
“Poco más de 24 horas desde que se reveló su identidad habían pasado cuando logré intercambiar mis”
Poco más de 24 horas desde que se reveló su identidad habían pasado cuando logré intercambiar mis primeras palabras con ella. Margarita Castillo es la madre de Baby Hope. Ese era el nombre con que su hija Anjélica era conocida hasta el pasado fin de semana en que, súbitamente, salió a la luz la triste historia de su corta vida. Un año y tres meses tenía la niña la última vez que la vio su madre. Y nunca supo que estaba muerta, y mucho menos la forma terrible en que había sido victimizada, 22 años atrás.
A través de la puerta de su modesto departamento -en el barrio de clase trabajadora de Elmhurst en Queens- escuché sus primeras palabras. Abrumada por la repentina publicidad suscitada por su caso, no había tenido energías para dar la cara. Su tenue voz me anticipaba a una mujer tímida, humilde, que a cada pregunta respondía con una gran formalidad. De nada valió nuestra insistencia, tan sólo cuatro breves frases apenas audibles en un pasadizo repleto de periodistas. Para ese entonces, sin embargo, ya un sector de la población la había juzgado, criticándole el hecho de no haber reportado jamás la desaparición de la niña.
Volví temprano al día siguiente con la esperanza de convencerla. No respondió a mis toques en su puerta. Quizás cansada de escuchar mi nombre se animó a decirme que regresara en una hora porque estaba atendiendo a los niños a su cuidado. Después de varias postergaciones y muchas dudas, Margarita finalmente accedió a conversar conmigo. Su voz adquirió el cuerpo que me había imaginado: diminuto y frágil; y la mirada abatida, por cierto, reflejaba la intensidad de las circunstancias, como dudando entre invitarme a tomar asiento o pedirme que de una vez por todas la dejara en paz.
Bastó una sencilla pregunta -¿cómo está usted Margarita?- para que entráramos, sin mayor dilación, a la médula de la historia: “No le puedo describir –me dijo- el dolor y la culpa que siento por haber dejado que me quitaran a mis hijas”. Vendrían luego los ahora conocidos detalles: un exconcubino que le arrebata a dos de sus tres hijas, la sorpresa de enterarse de que se había marchado a México dejándolas en manos de una prima cuyo hermano, precisamente, vendría a ser el victimario de Baby Hope. Una historia hasta cierto punto rutinaria, en suma, que un hecho de sangre convertiría en extraordinaria.
De tres maneras distintas logré preguntarle por qué no había recurrido a la Policia. Y de tres maneras distintas me transmitiría su temor a las autoridades. Que ella ya habia ido a un Hospital en el que no la habían atendido por no hablar inglés. Pero lo que ella no dice claramente -y tal vez sea lo único que la exima ante sus críticos más duros- es que a Margarita le habían dicho que Anjélica había muerto. Porque esa había sido la respuesta que el asesino le había dado cuando, tras una larga búsqueda, había logrado hablar con él. Que su hermana le había dejado a una sóla niña, que la otra había muerto. Y como aquella mujer ya había fallecido resultaba imposible saber al respecto mayores detalles. Entonces ¿a quién acudir?, ¿a quién denunciar o dónde buscar? Imposible imaginar un limbo mayor, una más intensa desesperanza.
Desde que salió la entrevista al aire, he escuchado y leído comentarios de mujeres y hombres que la siguen criticando y hasta aquellos que les parece inexplicable que una madre "no mueva cielo y tierra" hasta dar con el paradero de su hija. Respeto esa opinión y como madre quiero pensar que estaría entre las que mueven montañas si estuviera en esa situación, pero tengo que reconocer que las batallas y las guerras, nos guste o no, las pelea uno, de acuerdo a sus circunstancias y sus posibilidades. Tenemos que respetar y analizar la situación de las personas antes de juzgarlas. Jamás le faltaría el respeto a un ser humano como Margarita, exigiéndole que use los mismos recursos que usaría yo en circunstancias similares. Son mundos distintos, alternativas y posibilidades diametralmente opuestas. Ella hizo lo que sus circunstancias le permitieron: caminó el barrio, buscó vecinos, indagó hasta dar con la nueva dirección de la familia que tenia a sus hijas. Se enfrentó al hombre, sin saberlo, que habia asesinado a una de ellas y logró arrebatarle a su hija mayor.
¿Pudo haber hecho más? Claro que sí, y ella misma lo dice. ¿Hay inconsistencias en el caso? Por supuesto que las hay. Pero no para procesar a Margarita Castillo quien además no enfrenta cargos por la muerte de su hija. Eso no le sirve de consuelo, sin embargo, porque cuando las cámaras se apagan, su llanto es aún mayor y entre sollozos repite que no se perdona por no haber hecho más, no haber sido más persistente y que a veces siente que no podrá vivir con esa culpa. “Soy una persona de pueblo -me dice- no sabia a quién recurrir, ni por donde empezar y estaba sola”.
Me despido de una mujer confundida, atormentada y dolida buscando espacio para procesar la noticia de la muerte de su hija de la que se enteró, al igual que los demás, “hace muy pocos dias". “Señora -me dice- nadie sabe lo de nadie".
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