Las dos caras de la frontera entre San Diego y Tijuana

Univision.com | Jun 25, 2013 | 6:50 PM
“¡Eso te pasa por ir allá! ¿Qué esperabas?” Fue un comentario, bastante inoportuno, que me hizo una persona en Facebook cuando compartí mis impresiones sobre del cruce por la frontera entre San Diego y Tijuana que hice con mi familia unos días atrás.
Curiosamente, no fue a nosotros sino a nuestra hija de 18 años a quien se le ocurrió realizar aquella visita. Quería despedir así su era escolar, previo a iniciar estudios universitarios, lejos de casa, en Washington D.C.
Confieso que me sorprendió la ruta que había escogido, sobre todo porque habíamos estado en California hace solamente tres meses. Y a pesar de que conozco su espíritu aventurero, no pensé que esa iba a ser su elección para celebrar lo que, con un toquecito de dramatismo, había ella titulado como “el último viaje que haremos juntos”.
Después de recorrer los hermosos paisajes de la costa californiana, entre Monterrey y Los Angeles, y contemplar los atardeceres en el Pacífico que tanto extrañamos los peruanos que vivimos en la costa este, del Atlántico, nos dirigimos hacia San Diego para cruzar el célebre “borde”. Optamos por cruzar a pie.
Llenos de expectativa, disimulando nuestro nerviosismo, haciendo bromas sobre lo que podría pasar en caso de que perdiéramos los pasaportes, emprendimos el viaje. Imposible evitar un sentimiento de vulnerabilidad teniendo en cuenta las historias de horror oídas a través de los años. En uno de los más dramáticos escenarios de la violencia que castiga a México se ha convertido Tijuana a través de la última década. De ahí nuestras aprehensiones. Así de sencillo, así de dramático.
Con la guardia en alto
Por todo eso, íbamos en guardia, anticipando algún problema. Sentimiento que iría diluyéndose en la medida que nos internamos en la ciudad. Para ser reemplazado por el interés, por el asombro y la reflexión, cuando a bordo del taxi que contratamos para recorrer la ciudad vimos el doble muro que marca la frontera.  Allí estaba: frio,  inalcanzable, impenetrable, inhumano, serpenteando a través de las colinas que dan al Oceáno. Una imagen infernal, que nos recordaba al Berlín dividido de la Guerra Fría que mi esposo y yo alcanzamos a ver.
A pedido de mi hija, nos condujo el taxista al lugar donde solía quedar el llamado Parque de la Amistad, en que familias divididas por el cerca solían encontrarse para conversar a través de él. La construcción de una segunda valla –dejando una tierra de nadie de unos 40 o 50 metros de ancho- impide hacerlo ahora dándole a la frontera un aspecto más intimidante aún. Acaso la imagen de ese parque roto resuma el drama de la frontera: dos ciudades, dos países divididos por múltiples razones de “seguridad nacional”. Resultaba difícil contemplar el mar, o las gaviotas o el sol pegándole a las olas, un casi siempre  irresistible paisaje.
Conversamos con el taxista sobre su familia, sobre si el había intentado o si le había interesado alguna vez ir hacia el Norte. Amable pero cauteloso, no suelta mucha información. La sospecha es, en esas circunstancias, un sentimiento mutuo. Al despedirnos nos da algunos tips de seguridad y nos recomienda emprender el regreso después de las 3 pm, cuando la cola en la frontera podría, con algo de suerte, ser un poco más reducida.
De regreso a casa
Acabado el recorrido –tras un largo café en el recordado Samborn’s- emprendimos el retorno. La cola, tal como nos habían dicho, era no solo larga sino confusa, por momentos caótica, carente de señalización o control alguno. No veríamos en las dos horas que nos tomó el proceso una sola autoridad capaz de ofrecer orientación alguna. Nuevamente la sensación de estar en tierra de nadie, a merced de nosotros mismos, nos embarga. Y la pregunta, por supuesto, de si esa era la mejor alternativa para pasar un domingo vacacional.
En medio del desconcierto –detectando, seguramente, nuestra cara de perdidos— se nos acerca un joven para ofrecernos un “sin cola” por 5 dólares en auto. Mi esposo conversa, habla con ellos tratando de entender la oferta. Lo miramos, mi hija y yo, diciéndole con la mirada que preferíamos hacer la cola que aventurarnos a lo desconocido. No hubo que convencerlo, él también lo sabía. Sin mediar palabra con nosotros les dijo que no.
Ya en la cola fluye la conversación con los compañeros de espera. Pasado el primer tanteo, una vez establecido, en la medida de lo posible, quién es quién, todos parecen dispuestos a compartir experiencias.
Mi esposo y mi hija, detrás de mí, inician un intercambio con una pareja local, con larga experiencia en estos menesteres, locuaces, repletos de anécdotas; al cabo de un rato conversan como viejos amigos. Se dirigen a Los Angeles a visitar familiares. A Chulavista, solo por el día, se dirige mi compañera de al lado quien estima en al menos un par de horas la espera hasta llegar al puesto de control.  Conversando con ellos tomamos conciencia del inmenso maltrato que esta espera significa para los miles de tijuanenses que trabajan del otro lado. Que a las 4 am la cola es más larga que en ese momento, nos cuentan.
Paisaje inolvidable
Entretanto, alrededor nuestro,  pululan los vendedores, los mendigos y artistas callejeros, y una serie de negocios que, aparte de una larga lista de comestibles y otras especies, ofrecen, por 5 pesos el uso del baño. El entra y sale de la gente a los negocios que flanquean la cola añade a la escena un poco de caos. Nadie se queja, sin embargo. A una decena de metros de la reja que marca la el límite internacional un guitarrista acompaña a un perro bailarín mientras, del otro lado, vemos los anuncios del nuevo puesto fronterizo que, según se promete, reducirá drásticamente el tiempo de espera. Con un nombre televisivo lo han bautizado: El Chaparral. ¿Será cierto que, como dicen, reducirá a unos cuántos minutos el cruce del borde, que volverá a ser cómo antes de septiembre 11, en qué –como dice uno de nuestros compañeros de cola— los perros de Tijuana se daban su vuelta por “el otro lado” sin que nadie les molestara?
¿Quién sabe? Por ahora, un insólito hueco negro entre dos poderosas naciones parece el puesto fronterizo de San Ysidro. Una puesta en escena como para confirmar que se puede cruzar a pie entre el primer y el tercer mundo. Ya casi llegando a la reja, veo en los ojos de sorpresa de mi hija la mejor justificación de este curioso domingo vacacional: su sorpresa, su asombro, la fuerza brutal del contraste entre ambos países tanto como la impavidez de las autoridades ante el innecesario maltrato del viajero.
Al llegar al otro lado miramos México desde un puente sobre la Ruta 5 que lleva a San Diego. La imagino en unos meses, recordando esa experiencia en algún curso de la especialidad de Relaciones Internacionales que ha elegido. Solo me queda esperar que –a diferencia de mi ocasional “amigo” del Facebook- haya aprendido, gracias a este viaje, que tras los grandes issues de la seguridad nacional hay seres humanos, pueblos y culturas que sufren y padecen las decisiones que los funcionarios toman entre las cuatro paredes de sus cómodas oficinas del D.C. o del D.F.
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