Inmigrantes requieren valor para cruzar México

Univision.com | Apr 03, 2013 | 1:37 PM

Dolorosas historias

De pie, a la orilla del manso río San Pedro Mártir, Walter, de 36 años, ve llegar uno a uno a compatriotas hondureños y varios salvadoreños con mochilas al hombro a quienes cobra 25 dólares por subirse a la lancha que conduce en una travesía de 60 kilómetros hasta suelo mexicano.
Cuenta 37 hombres y tres mujeres por quienes reza "gracias a ellos podré llevar comida a mis dos hijos y, gracias a Dios, ellos podrán llegar a Estados Unidos", si logran sobrevivir, informa Impremedia.
El ruido del arranque del motor anuncia el inicio de un viaje cuyo buen fin dependerá de la astucia del conductor de la canoa de madera tan frágil que una vez en el agua se sumerge hasta casi el límite por el peso del pasaje. "Una mala maniobra y se va pa'abajo o se voltea", advierte.
Cada año, hay en promedio tres volcaduras en las que mueren unas 10 personas, ahogadas al caer entre las verdosas aguas del San Pedro, esas que atravesó el Hernán Cortés en 1525 en busca de nuevas conquistas , flanqueadas por frondosos árboles donde se acurrucan por igual garzas, carroñeros y cocodrilos.
A la mitad del trayecto, los pasajeros se impacientan. "Apuráte, vos", murmuran.
Con la tragedia en la mente
Quieren ir rápido para salir del torrente porque más de la mitad de los pasajeros no sabe nadar, aunque la impaciencia es un mal consejero, explica Walter: "si vas muy rápido, el agua se vuelve como un muro contra el que podemos chocar".
Una tragedia similar es el único miedo que él enfrenta como transportista de "sin papeles", actividad que realiza desde su deportación de Arizona. Por infringir la ley ni se inmuta, "lo que hago es un trabajo social: ayudo a los míos".
Acorralados por el hambre, por la desigualdad, la violencia de unos países que dejaron en las pandillas la suerte de sus ciudadanos, unos 20 mil inmigrantes –la mayoría centroamericanos menores de 30 años- ven cada año en estas embarcaciones el primer paso hacia un mundo mejor.
Son jóvenes de nombres cada vez más ingleses. Alexanders, Bryans, Catherines con el asegún del apellido hispano. Así Walter Arenas se siente identificado bajo el nombre ficticio que usa para proteger su trabajo clandestino aunque igual cruza a personas de todo el planeta.
De todas las nacionalidades, y necesidades
Rusos, iraquíes, afganos, etíopes, somalíes, cameruneses. Los más, indios y chinos que ven a la región un trampolín hacia EEUU y llegan a través de redes de tráfico con capacidad de sobornar a funcionarios centroamericanos para luego entrar a México por este inhóspito rincón.
"Cuando los pasajeros son de más lejos pagan más, pero hay más riesgos porque a los asiáticos y africanos les gusta viajar de noche para que su aspecto no los delate", detalla Walter. "De noche, la policía guatemalteca vigila el tráfico de combustible y de paso agarra a los lancheros".
De día es más tranquilo. El mexicano Instituto Nacional de Migración (INM) "ni se asoma" y los militares guatemaltecos plantados en la rivera del San Pedro sólo miran con parsimonia a las embarcaciones que parten repletas de viajeros osados que dejan atrás a los perros callejeros, el olor a pollo frito y el cambio de divisas.
María Rivera, de 23 años, una de las tres muchachas de la canoa de Walter, les dice adiós con un vaivén de la mano y después toca sus pechos.
El choque de la lancha contra el agua le provoca un agudo dolor. "Es la leche materna que ya no puedo dar a mi bebé y no puede salir".
Tiene fiebre y se siente culpable porque a ratos se olvida de los tres hijos que dejó encargados a la abuela en Honduras y sólo piensa en llegar a la orilla extrema para calmar este primer calvario con medicamento.
Después vendrán otros sufrimientos. No sabe cuáles. Unas amigas le advirtieron que podrían "hacerle muchas cosas". "Nada que un inmigrante no pueda soportar", si sale con vida como ahora salió de la lancha a la que de espaldas envía una bendición antes de echar a andar en La Palma, una pueblito del estado de Tabasco, ya en México.
Estaciones migratorias, 'peor que reclusorios'
En otro parte informativo, Impremedia detalla que los jefes de los centros de detención para migrantes tienen en el puño de su mano la suerte de más de 80 mil indocumentados que cada año son detenidos en el país. "Arbitrarios" y "discrecionales" deciden los tiempos de permanencia, el tipo y calidad de los alimentos, la atención o desatención médica, la defensoría legal y hasta los castigos corporales.
De ello da cuenta el más reciente informe publicado este jueves por las organizaciones de defensa de los derechos de inmigrantes Sin Fronteras IAP y el Centro de Derechos Humanos Fray Matías de Córdoba.
El análisis tiene sustento en la Estación Migratoria Siglo XXI de Tapachula, Chiapas, que aloja al 50% del total de los "sin papeles" detenidos en México. Una salvadoreña identificada como Marina que requería tratamiento médico especializado debió esperar durante varios días a la decisión del administrador del centro que argumentaba "altos costos para el Instituto Nacional de Migración (INM)".
Un menor de edad, también oriundo de El Salvador, fue encerrado en un lugar pestilente, sucio y apartado como castigo por su rebeldía en el dormitorio. "Me desesperé y quise cortarme las venas con un espejo que traía en mi cartera", narró a los activistas sobre su experiencia en el sitio al que los detenidos llaman "El Calabozo".
Ahí fue a parar también el cubano "Regino", de 56 años, quien pidió asilo político por temor a las represalias en la isla y a cambio recibió tratos discriminatorios. Al final estuvo 282 días en el centro de detención, cuando el tiempo máximo concedido por la ley en casos especiales –sin identidad o enfermedad mortal- es de 60 días hábiles.
"El Calabozo es una celda de castigos", explicó Melissa Vértiz, del Centro de Derechos Humanos Fray Matías, atento al modelo de la estación Siglo XXI porque es el proyecto a seguir de los otros 31 centros de detención de indocumentados que hay en México.
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