Crisis por cierre de albergue en México

ImpreMedia Digital, LLC | Jul 12, 2012 | 11:47 AM

Buscan una esperanza

TULTITLÁN, México - La corneta del tren sonó de pronto y el grupo de centroamericanos que esperaba desde tres días atrás a los pies de la vía se levantó con una alegría que duró cinco minutos, justo el tiempo que tardó en aparecer un hombre alto, de prominente barriga y bigote.
- Paren el tren- ordenó al ver las primeras carreras de los transmigrantes que pretendían subir como polizones al transporte de carga que los podría encaminar rumbo a la frontera norte si no fuera porque el jefe de vigilancia de la compañía Kansas City Southern lo va a impedir una vez más.
"Desde el domingo no nos dejan: primero se paran, se echan para atrás y agarran toda la velocidad y vuelven a parar, si no nos bajamos nos agarran a garrotazos, ayer me dieron uno en el pecho que me dejó loco".
El drama de la migración
José Bautista resume el drama de por lo menos dos centenares de inmigrantes que se encuentran varados en el municipio de Tultitlán, Estado de México, la periferia de la capital mexicana que hacen la mancha voraz de 20 millones de personas en la urbe, un campo de supervivencia que despierta las peores mezquindades humanas.
El fin de semana la iglesia católica anunció la clausura del único albergue que daba cobijo, alimento y aseo a los "sin papeles".
Fue por presión de los vecinos que ayer observaban con simpatía al carro de mudanza que sacaba literas, ollas de cocina, sillas, cacharros, mientras los centroamericanos intentaban sin éxito huir de la xenofobia local.
- ¿Cómo se van a ir de aquí si no los dejan subir?- se le preguntó al guardia de la firma Kansas que en el momento transportaba cloro.
"Ese no es nuestro problema", respondió con una mueca de disgusto contemplando el reguero de papeles, bolsas plásticas y botellas de refresco que los inmigrantes tenían a su alrededor, entre cobijas y ropa sucia como si fueran vagabundos.
Algunos permanecían acostados, cerraban los ojos para intentar dormir; otros, improvisaron un partido de fútbol con una pelota que un transeúnte les regaló.
Los habitantes de las colonias más alejadas del albergue representan el ultimo ramalazo de solidaridad en la zona: trajeron jugos enlatados, atún, galletas y pan que los chicos colgaron de sus pantalones, racionando las porciones de comida que les niegan los vecinos de los alrededores de las vías ferroviarias.
Éstos no quieren ni verlos, como si hace tres años y ocho meses -cundo la iglesia católica decidió abrir la casa de huéspedes- hubiera caído una especie de maldición.
Osvaldo Espinosa, uno de los padres de familia que encabezó a los colonos inconforme contabilizó las desgracias: tres muertos, ocho violaciones, 534 robos, un secuestro masivo donde desaparecieron 40 migrantes, miles de defecaciones en las calles, marihuana, alcohol, malos olores…
"Lo hemos documentado con video", afirmó frente al refugio que aún conservaba ayer un letrero escrito en letras negras "Los vecinos de la colonia Lechería no queremos este alberge".

Buscan soluciones

Espinosa no cree que la migración sea un asunto de humanidad sino de dinero: "pidiendo limosna esos centroamericanos ganan en un día hasta 800 pesos (alrededor de $60) cuando ese es el salario de un obrero mexicano en una semana", calculó antes de tomar un respiro.
"Pero ya se les cayó el negocito", dijo con un aire de complacencia porque desde el rabillo de un ojo alcanzaba a ver que unos cargadores subían al carro de la mudanza un sofá.
Entonces matizó: "Sólo queremos que se vayan a un lugar más amplio, donde quepan todos y no se desparramen en las calles: se lo dijimos al cura encargado, a la Procuraduría General de la República (PGR), a los de Seguridad Pública Municipal y a las empresas de ferrocarril desde hace dos años".
Cuatro patrullas pasaron con las torretas apagadas y una camioneta de la Comisión de Derechos Humanos del Estado de México (CDHEM) siguió de largo unos metros, hasta donde estaban los migrantes.
El visitador general Juan Manuel Torres descendió con tranquilidad, vestido con un pulcro traje negro y zapatos lustrados que hicieron contrastar los atuendos desgarrados de los centroamericanos.
Sí ha habido quejas por abusos contra ellos, reconoció, 20 o 25 durante este año y 40 el año pasado; "las menos" de la policía municipal y "las más" de la seguridad privada de los guardias ferroviarios que los tunden a palos o cobran por dejarlos subir al toldo del ferrocarril.
Horas antes acudió a las oficinas de la CDHEM una mujer de 29 años. María Elena Díaz pidió ser deportada a su natal Honduras. Hambrienta, cansada y sudorosa vio en dos semanas de su paso por México lo suficiente para conocer las miserias humanas.
En Orizaba (Veracruz, sureste) vio caer a un compañero de viaje y cuando le pasó el tren arriba y lo despedazó ante los ojos desorbitados de su primo que moría del dolor de no poder detenerse porque el tren siguió su curso, imparable.
Días antes, en el mismo estado secuestraron a los centroamericanos que subieron al tren que ella y su pareja dejaron pasaron porque iban muy lleno. "Lo dijeron después en la televisión".
El último hecho que presenció fue la humillación en las afueras del albergue de Tultitlán, donde hasta anoche, ninguna autoridad tomaba riendas del caos, de la crisis migratoria. El Instituto Nacional de Migración no respondió la llamada de este diario.
"Nos tratan como perros", dijo María Elena sobre la falta de alimento y cama; sobre la actitud de los guardias como ese grande bigotón que la mira con arrogancia a unos metros de distancia.
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