Masacre, Memoria y Justicia en Guatemala

Univision.com | May 26, 2012 | 2:05 PM

Capítulo 1: “Usted no me conoce”

Por Sebastian Rotella, ProPublica, y Ana Arana, Fundacion MEPI
Con reportes por Habiba Nosheen, especial para ProPublica, y Brian Reed, This American Life
La llamada de Guatemala puso a Óscar en guardia.
“Unos fiscales vinieron a buscarte”, le dijeron familiares de su pueblo. “Son gente influyente de Ciudad de Guatemala. Quieren hablar contigo”.
Óscar Alfredo Ramírez Castañeda tenía mucho que perder. A pesar de que vivía sin documentos en los Estados Unidos, a sus 31 años había logrado crear una vida estable. Tenía dos empleos a tiempo completo para mantener a sus tres hijos y a su mujer, Nidia. Se habían establecido en una casa pequeña pero alegre en Framingham, un barrio obrero de Boston.
Óscar generalmente se esforzaba por mantenerse lejos de las autoridades. Sin embargo, llamó a la fiscal de Ciudad de Guatemala. Ella le dijo que quería hablar de un tema delicado sobre su niñez y de una masacre ocurrida durante la guerra civil de Guatemala. Prometió explicarlo todo en un correo electrónico.
Días después, Óscar se sentó frente a su computadora en su sala repleta de juguetes, trofeos de escuela, fotos de familia, un crucifijo y recuerdos de su país. Había llegado a casa tarde, después del trabajo, como siempre. Nidia, con siete meses de embarazo, descansaba en un sillón cercano. Los niños dormían arriba.
Los ojos verdes de Óscar miraron la pantalla. El correo había llegado. Respiró profundo y dio clic.
“Usted no me conoce”, empezaba.
La fiscal decía que estaba investigando un episodio violento de la guerra, un caso que la había afectado profundamente. En 1982, una patrulla de comandos especiales había asaltado el pueblo de Dos Erres y había masacrado a más de 250 hombres, mujeres y niños.
Dos niños pequeños que sobrevivieron fueron robados por los comandos. Veintinueve años después, quince desde que la fiscalía había empezado su búsqueda de los asesinos, la fiscal había llegado a la conclusión de que Óscar era uno de los niños secuestrados.
“Yo tengo conocimiento que usted fue muy querido y bien tratado por la familia con quienes se crió”, escribió la fiscal. “Yo espero que todo esto que le estoy contando usted tenga la suficiente madurez para asimilarlo de una manera adecuada, yo lo hago de su conocimiento en base al derecho a saber la verdad que tienen todas las personas víctimas de violaciones a los Derechos Humanos.”
“El punto Oscar Alfredo es que usted aunque no lo sabía, fue una víctima de ese triste hecho que le comento, al igual que ese otro niño que le cuento que encontramos, así como los familiares de las personas que fallecieron en ese lugar”.
Para entonces, Nidia leía por encima de su hombro. La fiscal dijo que podía acordar una prueba de ADN para confirmar su teoría. Le ofreció un incentivo: ayudar a Óscar con su proceso migratorio en los Estados Unidos.
“Esta es una decisión que usted debe tomar”, escribió.
Óscar repasó imágenes de su niñez rápidamente en su cabeza. Se esforzó por relacionar las palabras de la fiscal con sus propios recuerdos. No conoció a su madre, tampoco su padre, quien nunca se casó. El teniente Óscar Ovidio Ramírez Ramos había muerto en un accidente cuando él apenas tenía cuatro años. La abuela de Óscar y sus tías lo habían criado inculcándole un profundo respeto hacia su progenitor.
Según la familia, el teniente había sido un héroe. Se graduó como el primero en su clase, se convirtió en un soldado de élite y había ganado medallas en combate. Óscar atesoraba la boina militar roja y su añejo álbum de fotos. Le gustaba hojear las imágenes que mostraban a un oficial fornido de sonrisa joven, en un tanque, cargando la bandera.
El sobrenombre del teniente era un diminutivo de Óscar: Cocorico. Y Óscar se llamaba a sí mismo, “Cocorico Dos”.
Si las sospechas de la fiscal eran correctas, Óscar no sabía quien era. No era el hijo de un honorable soldado. Era la víctima de un secuestro, un trofeo de batalla, la prueba viviente de una masacre.
A pesar de lo abrumador de la revelación, Óscar tuvo que admitir que no era del todo una sorpresa. Diez años antes, alguien le había enviado un artículo de un periódico guatemalteco sobre Dos Erres. Mencionaba su nombre y el supuesto rapto. Pero su familia en Guatemala lo había convencido de que la idea era descabellada, un mero invento de la izquierda.
Lejos de la cruda realidad de Guatemala, Óscar decidió olvidarse de la historia. El país que había dejado detrás era uno de los más desesperados y violentos en todo el continente americano. Alrededor de 200 mil personas murieron en la guerra civil que terminó en 1996. Los militares, acusados de genocidio, todavía conservaban mucho poder.
Ahora, el caso estaba arrastrando a Óscar dentro de la lucha que Guatemala libraba al enfrentarse con su pasado trágico. Si se realizaba la prueba de ADN y los resultados eran positivos, su vida se transformaría de manera peligrosa. Se convertiría en una evidencia de carne y hueso en la búsqueda de justicia para las víctimas de Dos Erres. Tendría que aceptar que su identidad, su vida entera, había estado basada en una mentira. Además, se convertiría en un posible objetivo de las fuerzas poderosas que buscaban mantener enterrados los secretos de Guatemala.
Los guatemaltecos se encontraban en un dilema similar. Estaban divididos acerca de como castigar los crímenes del pasado en una sociedad rebasada por la impunidad. Los asesinos y torturadores uniformados de los ochenta habían contribuido a crear las mafias, la corrupción y el crimen que azotaban a los pequeños países de Centroamérica. La investigación de Dos Erres era parte de la batalla contra la impunidad, de la lucha por un mejor futuro. Pero las pequeñas victorias tenían grandes costos potenciales: represalias y conflictos políticos.
Al igual que su país, Óscar tenía que elegir si quería enfrentar una verdad dolorosa.

Capítulo 2: “No somos perros para que nos maten”

El otoño de 1982 fue tenso en Petén, una región al norte de Guatemala, cerca de México.
Las tropas militares en la zona combatían al grupo guerrillero conocido como las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR). La campaña de contrainsurgencia alrededor de la nación era metódica y brutal. El dictador Efraín Ríos Montt, un general que había tomado el poder después de un Golpe de Estado en marzo, arrasaba con poblados rurales sospechosos de alojar y proteger a los rebeldes.
Aunque habían ocurrido enfrentamientos cerca de Dos Erres, la aldea estaba escondida en un área remota y selvática y era relativamente tranquila. Había sido fundada apenas cuatro años antes, mediante un programa de reparto agrario del gobierno. A diferencia de las áreas donde los rebeldes reclutaban agresivamente entre los indígenas del país, los habitantes de Dos Erres eran principalmente ladinos (guatemaltecos de ascendencia blanca e indígena). Las sesenta familias que vivían en este terreno muy fértil, cultivaban frijol, maíz y piñas. Los caminos no estaban pavimentados, pero había una escuela y dos iglesias, una católica y otra evangélica. El nombre del pueblo, Dos Erres, homenajeaba a sus fundadores, Federico Aquino Ruano y Marcos Reyes.
El encargado militar de la región, el teniente Carlos Antonio Carías, pidió que los hombres de Dos Erres participaran en una patrulla de autodefensa civil armada de la base militar ubicada en el pueblo de Las Cruces, localizado a unos once kilómetros de distancia. Los hombres de Dos Erres se resistían a hacerlo, preferían ser parte de una patrulla que protegiera a su comunidad. El teniente Carías tomó a mal esta posición de los residentes. Se tornó agresivo y acusó a la gente de Dos Erres de refugiar a guerrilleros. Prohibió a los habitantes que participaran en las ceremonias de juramento a la bandera, y, como evidencia de su supuesta traición, mostró a sus superiores un costal de cosecha inscrito con las iniciales FAR, alegando que se trataba de la insignia guerrillera. En realidad, el costal pertenecía al cofundador de la aldea, Ruano, y eran sus iniciales.
En octubre, el ejército sufrió una humillante derrota en la cual guerrilleros mataron a un grupo de soldados y robaron alrededor de veinte rifles. A principios de diciembre, inteligencia militar indicó que las armas robadas estaban en el área de Dos Erres. El ejército envió a sus comandos especiales, los Kaibiles, a recuperar las armas y a darles a los habitantes un castigo.
Los comandos representaban la punta de lanza en una ofensiva anti-guerrillas que ya había recibido varias condenas internacionales. Kaibil significa “aquél que tiene la fuerza y la astucia de dos tigres” en la lengua indígena Mam. Con un entrenamiento notoriamente duro en técnicas de supervivencia, contrainsurgencia y guerra psicológica, los Kaibiles eran considerados como las fuerzas especiales más violentos de Latinoamérica. Su lema: “Si avanzo, sígueme; si me detengo, aprémiame; si retrocedo, mátame”.
El plan era encubrir la identidad de los invasores. El 6 de diciembre de 1982, en una base en Petén, se formó un escuadrón de veinte Kaibiles, disfrazados como guerrilleros, con camisetas verdes, pantalones de civil y brazaletes rojos. Cuarenta efectivos uniformados que les acompañarían tenían órdenes de apoyarles con un cerco de seguridad y evitar que alguien entrara o saliera. Todo lo que sucediese en Dos Erres, se responsabilizaría a la izquierda.
Las tropas salieron a las 10 p.m. en dos camiones civiles. Condujeron hasta la medianoche. Después incursionaron durante dos horas por la densa y húmeda selva. Eran guiados por un guerrillero cautivo obligado a participar en la misión.
A las afueras de la aldea, el escuadrón de ataque se desplegó como siempre: por grupos de asalto, municiones, apoyo de combate, perímetro, y mandos.
El grupo de mando tenía un operador de radio que se comunicaría durante la operación con mandos superiores situados en otros lugares. El grupo de asalto consistía en expertos en interrogación, lucha y asesinato. Incluso sus mismos compañeros en el escuadrón mantenían su distancia con los miembros de este grupo por considerarlos psicópatas.
Los Kaibiles escogidos para esta misión secreta eran la élite de la élite. A los 28 años, el teniente Ramírez era el más experimentado de todos.
Conocido como Cocorico o El Indio, Ramírez se había graduado como el mejor de su clase en 1975. Había ganado una beca para entrenamiento avanzado en la escuela de Lanceros en Colombia, pero se había metido en problemas por ir de fiesta y malgastar fondos. Fue suspendido del ejército por seis meses y peleó como mercenario en Nicaragua en 1978 con las fuerzas del dictador Anastasio Somoza Debayle, un aliado de los EUA. Washington reforzó el rol de Guatemala como un bastión estratégico en la lucha contra el comunismo cuando los Sandinistas derrotaron a Somoza el año siguiente. Creció el temor de que hubiera un efecto dominó en la región.
Ramírez volvió a Guatemala y se unió a una unidad de artillería. Herido y condecorado en noviembre de 1981, comenzó a participar en operaciones encubiertas contra la guerrilla, muchas veces vestido de civil. Se creó una reputación por su crueldad. Un compañero suyo lo consideraba “un criminal uniformado”.
Otros veteranos, en cambio, admiraban su habilidad en el campo de batalla y la lealtad a sus tropas. Ramírez era un hijo entregado, le enviaba mensualmente dinero a su madre, quien se quejaba frecuentemente de que el teniente seguía soltero y no le había dado un nieto.
Se convirtió en instructor en la escuela de entrenamiento Kaibil en Petén. En 1982, el régimen de Ríos Montt, cerró la escuela y creó una patrulla itinerante de instructores: tenientes, sargentos y cabos, unos hábiles combatientes. Ramírez era el subcomandante de la unidad, la cual podía desplegarse rápidamente como una fuerza de ataque en las zonas de control guerrillero.
El escuadrón invadió Dos Erres a las 2 a.m.
Los comandos derribaron puertas y sacaron a las familias de sus casas. Aunque los soldados estaban preparados para un enfrentamiento, no hubo resistencia. No encontraron ninguno de los rifles robados.
Llevaron a los hombres a la escuela, y a las mujeres y a los niños a una iglesia. La violencia comenzó antes del amanecer. César Ibáñez, uno de los soldados, escuchó los gritos de las niñas pidiendo ayuda. Varios soldados vieron al teniente César Adán Rosales Batres violar a una niña de 10 años frente a su familia. Imitando a su superior, otros militares empezaron a violar a mujeres y niñas.
Al mediodía, los Kaibiles ordenaron a las mujeres de quien habían abusado que prepararan comida en una pequeña casa de rancho. Los soldados comieron en turnos de cinco. Las jóvenes lloraban mientras servían comida a Ibáñez y a los demás. De regreso a su puesto, Ibáñez vio cómo un sargento llevaba a una niña por un callejón.
El sargento le dijo que habían empezado “a vacunar”.
Los militares llevaron a las personas una por una al centro de la aldea, cerca de un pozo sin agua de 12 metros de profundidad. Favio Pinzón Jerez, el cocinero del escuadrón, y otros soldados les aseguraron que todo estaría bien. Serían vacunados. Se trataba de una medida de salud preventiva. No era nada para preocuparse.
Gilberto Jordán fue el primero en derramar sangre. Cargó a un bebé, lo llevó hasta el pozo y lo arrojó hacia su muerte. Jordán lloró cuando mató al niño. Sin embargo, con la ayuda de Manuel Pop Sun, otro soldado, siguió arrojando niños al pozo.
A los adultos les vendaron los ojos y los hicieron arrodillarse, uno a uno. Los interrogaban acerca de los rifles y los nombres de los líderes guerrilleros. Cuando los habitantes protestaban que no sabían nada, los soldados les golpeaban en la cabeza con un mazo, un martillo de metal. Luego, los arrojaban al pozo.
“¡Malditos!”, las victimas gritaban a sus ejecutores.
“¡Hijos de la gran puta, van a morir!”, respondían los soldados.
Ibáñez tiró a una mujer al pozo. Pinzón, el cocinero, llevó allí a las victimas, junto al sub-teniente Jorge Vinicio Sosa Orantes. Cuando el pozo estaba medio lleno, un hombre que cayo encima de la pila de cadáveres pero seguía vivo, logró quitarse la venda de los ojos. Gritaba insultos a los militares.
“¡Mátenme!”, dijo.
“¡Tu madre!”, contestó Sosa.
“¡La tuya, hijo de la gran puta!”, gritó el hombre en respuesta.
Pinzón miró mientras Sosa se enfureció, le disparó al hombre y para asegurarse, lanzó una granada al interior del pozo. Unas horas más tarde, los cuerpos se desbordaban.
La masacre continuó en otras partes del pueblo. Salomé Armando Hernández, de once años, vivía en otra aldea cerca de Dos Erres. Esa mañana temprano, había viajado en caballo con su hermano de veintidós años para comprar medicina en Las Cruces. Cuando llegaron a Dos Erres alrededor de las 10 a.m. para visitar a un tío, los militares metieron a Hernández a la iglesia junto a las mujeres y los niños. A través de los tablones, vio cómo los soldados golpeaban y disparaban a la gente. Su hermano y su tío fueron asesinados.
Por la tarde, los asaltantes juntaron alrededor de cincuenta mujeres y niños y los llevaron caminando hacia las montañas. Hernández se puso al frente de la fila, sabiendo que se dirigían a su muerte. Los demás también lo sabían.
“No somos perros, para que nos maten en el monte”, dijo una mujer. “Sabemos que nos van a matar ¿por qué no lo hacen aquí mismo?”.
Un soldado se abrió paso violentamente entre los prisioneros hasta llegar a la mujer y jalarla del cabello. Hernández vio la oportunidad de escapar y huyó. El eco de los disparos sonaba tras él. Se escondió entre la maleza y escuchó.
Uno a uno, los soldados mataron a los prisioneros. Hernández escucho los gemidos de la gente agonizando. Un niño llamaba a su mama. Los militares ejecutaron a los pequeños con los rifles. A cada uno, un tiro. Fueron cuarenta o cincuenta disparos en total.
Al caer la noche, en el pueblo sólo quedaban cadáveres, animales y soldados. El escuadrón se resguardó esa noche en las casas abandonadas. Llovía. Hernández pudo volver al pueblo, con trabajo, tropezándose entre la oscuridad y el lodo. Pasó entre los cuerpos de sus vecinos esparcidos por las calles y caminos. Escondido entre el pasto alto, escuchó risas.
“Ya los terminamos, muchá”, dijo un militar. “Y vamos a seguir buscando.”
Hernández finalmente regresó a Las Cruces.
Cinco prisioneros más sobrevivieron a la matanza de los Kaibiles. Fue un golpe de suerte: Tres mujeres adolescentes y dos niños pequeños aparentemente habían logrado esconderse en algún lugar. Al ponerse el sol, fueron hacia el centro de la aldea, ya que la mayoría de los habitantes habían muerto. Los soldados los llevaron a una casa que habían convertido en el puesto de mando. Los tenientes decidieron no matar inmediatamente a los recién llegados.
La mañana del 8 de diciembre, el escuadrón se dirigió hacia las montañas selváticas, con los nuevos prisioneros. Vistieron con uniformes militares a las adolescentes. El teniente Ramírez se hizo cargo del pequeño de tres años. El panadero del escuadrón, Santos López Alonzo se llevó al niño de cinco años. Esa noche, tres oficiales arrastraron a las jóvenes entre la maleza y las violaron. A la mañana siguiente las estrangularon y las fusilaron.
Perdonaron las vidas de ambos niños, porque tenían piel blanca y ojos verdes, atributos bien valorados en una sociedad estratificada por divisiones raciales.
El teniente Ramírez le dijo a Pinzón y al resto que llevaría al niño más pequeño a Zacapa, su pueblo situado al este del país. Lo vestiría al estilo de la región.
“Como un vaquero”, dijo Ramírez. “Botas vaqueras, pantalones y una camisa”.
Días después, un helicóptero aterrizó en una llanura. Estaba ahí para recoger a Pedro Pimentel Ríos para su siguiente misión. Iba rumbo a Panamá para servir como instructor en la Escuela de las Américas, la base militar de los EUA donde se entrenaron a muchos militares latinoamericanos implicados en atrocidades. Los niños fueron subidos al helicóptero y llevados a la base Kaibil.
En la selva la patrulla iba a pie. Seguían las indicaciones del guerrillero guía que estaba atado a una larga cuerda, como una correa. Las provisiones ya escaseaban. Mientras se encontraban sentados alrededor de una fogata, el teniente Ramírez le dijo a un subordinado, Fredy Samayoa Tobar, que tenía ganas de comer carne.
“¿De dónde se supone que voy a sacar la carne?”, preguntó Samayoa.
“Corta un pedazo de ese guía y tráemelo”, contestó Ramírez.
Samayoa tomó su bayoneta y le cortó unos treinta centímetros de la espalda al guía. Llevó el pedazo al teniente.
“Aquí está su carne”.
“Oh no, no, no, tienes que ejecutarlo, está sufriendo”, le dijo Ramírez.
El soldado mató al guía. El teniente no se comió la carne.
El comando llegó cerca del pueblo de Bethel, donde encontraron una tienda y robaron cerveza, cigarrillos y agua. Se encontraron también con unos campesinos, a los que decapitaron.
Cuando el escuadrón regresó a la base, más de 250 personas habían muerto. Los Kaibiles llamaron a la misión “Operación Chapeadora”. Habían ‘podado’ a todo aquél que se había puesto en su camino.
Cuatro días después de la masacre, el teniente Carías, comandante en Las Cruces, llevó tropas en camiones y tractores a Dos Erres. Saquearon los vehículos, propiedades y robaron a los animales. Luego quemaron la aldea.
Carías se encontró con los aterrorizados familiares de los desaparecidos. Algunos estuvieron lejos de Dos Erres ese día, otros vivían en pueblos cercanos. Acusó a la guerrilla del incidente.
Quién hiciera demasiadas preguntas, amenazó Carías, moriría.

Capítulo 3: Prueba viviente

Tras unas pocas semanas, la embajada norteamericana en Guatemala se había enterado de lo sucedido en Dos Erres.
Una “fuente confiable” les había dicho a los oficiales de la embajada que soldados disfrazados de rebeldes habían asesinado a más de 200 personas. Era el último de una serie de reportes recibidos en los que se culpaba a los militares por las masacres alrededor del país. El 30 de diciembre tres oficiales estadounidenses fueron a Las Cruces, y las entrevistas realizadas a los locales levantaron más sospechas.
El equipo sobrevoló Dos Erres en helicóptero. El piloto de la Fuerza Aérea de Guatemala se negó a aterrizar, pero las casas quemadas y los campos abandonados, eran una evidencia suficientemente clara de que se habían cometido atrocidades. En un cable diplomático excepcionalmente sincero enviado a Washington, los diplomáticos aseguraron que “lo más probable es que la entidad responsable de este incidente fuese el Ejército de Guatemala”.
El gobierno estadounidense mantuvo el secreto hasta 1998. No se tomó ninguna medida contra el ejército ni el escuadrón Kaibil. Los Estados Unidos continuaron apoyando a los gobiernos represores pero anti-comunistas de Centroamérica.
Tendrían que pasar catorce años hasta que alguien intentara hacer justicia por Dos Erres. En 1996, después de más de tres décadas de guerra civil, las hostilidades cesaron con un tratado de paz entre los rebeldes y militares de Guatemala. Ambos bandos acordaron una amnistía que exculpaba a los combatientes, pero permitía juzgar las atrocidades.
Existía, sin embargo, una duda considerable sobre si el nuevo gobierno sería capaz de llevar a juicio esos casos. Los perpetradores de algunos de los peores crímenes de guerra, mantenían su poder en las fuerzas armadas o en mafias del crimen organizado que crecieron rápidamente. Los cárteles de droga reclutaron ex Kaibiles como sicarios e instructores.
La investigadora que se enfrento a este peligroso encargo fue Sara Romero.
Romero era una mujer pequeña y tranquila al expresarse. Parecía más una oficinista o una profesora que una luchadora contra el crimen de primera línea. A sus 35 años era una fiscal novata. Se había graduado en la escuela de leyes el año anterior y había sido asignada a una comisión especial de derechos humanos en la Ciudad de Guatemala. Aunque los crímenes de guerra habían quedado sin resolver durante años, estaba decidida a continuar las investigaciones sin importarle los obstáculos. De otra forma, pensaba, la impunidad seguiría enquistada en la sociedad guatemalteca.
Se le asignó el caso de Dos Erres. Hubo cientos de masacres durante el conflicto y Naciones Unidas concluyó que el ejército fue responsable de al menos de 93 por ciento de las muertes. Además la ONU declaró, que los asesinatos sistemáticos de indígenas podrían llegar a ser un genocidio.
Romero tenía poca información. Los militares insistían que el caso de Dos Erres había sido obra de la guerrilla. Gracias a la declaración de Hernández, el sobreviviente que tenía once años durante la masacre, la fiscal supo de que el ejército había tenido algo que ver. Aun necesitaba más pruebas.
Después de un trayecto de ocho horas en autobús a la región en el norte del país, llego a la escena del crimen. Un manto de silencio cubría las ruinas. Entrevistó a sobrevivientes que estuvieron fuera de la aldea el día de la masacre. La mayoría tenían miedo de hablar. Susurraban que temían la ira del teniente Carías, quien todavía seguía como comandante en Las Cruces. Sospechaban que él había orquestado el ataque al haberse enfrentado con los habitantes de Dos Erres.
Romero se dio cuenta que era difícil reconstruir hasta los hechos más elementales, como la identificación de las víctimas. Para realizar un censo pidió a la que fue maestra de la escuela de Dos Erres, una lista de todos los niños y familiares que pudiera recordar.
Sin víctimas confirmadas ni testigos sólidos, Romero nunca podría resolver el caso. Pero encontró a una aliada: Aura Elena Farfán.
De aspecto digno, Farfán tenía el pelo gris y una carácter tan dulce como inflexible. Lideraba una asociación de derechos humanos en Ciudad de Guatemala para víctimas del conflicto. A pesar de amenazas, había interpuesto una demanda criminal responsabilizando al ejército de la masacre en Dos Erres. En 1994, había llevado con ella a un equipo voluntario de antropólogos forenses argentinos para exhumar los restos.
Los argentinos –con habilidades afinadas investigando su propia “guerra sucia”—trabajaron rápidamente y en condiciones riesgosas. El batallón en Las Cruces los acosó siguiéndoles y tocando música militar a muy alto volumen. La exhumación extrajo e identificó los restos de cerca de162 personas, muchos de ellos bebes y niños.
Farfán pudo conseguir un gran logro para la fiscalía. A menudo daba entrevistas en la radio del Petén, donde invitaba a que los testigos se involucraran en el caso. Después de una de esas transmisiones, representantes de Naciones Unidas le avisaron que un ex soldado quería hablar sobre Dos Erres. Viajó a la casa del hombre, donde se presentó disfrazada con lentes oscuros, un sombrero rojo y un chal. Una representante española de la ONU seguía sus pasos para protegerla.
La puerta se abrió. Era Pinzón, el ex cocinero robusto y con bigote del escuadrón Kaibil. Estaba desayunando con sus hijos y después de una sorpresa inicial recibió a Farfán.
Pinzón le contó que había dejado el ejército y ahora trabajaba como chofer en un hospital. Nunca logro ser Kaibil de verdad. No aguantó el duro proceso de entrenamiento. Por ser un humilde cocinero fue maltratado por el resto de soldados de la patrulla Kaibil. Era el eslabón débil en el código de silencio de los guerreros. Dos Erres era un fantasma que le perseguía.
“Quería hablar con usted porque esto que tengo aquí en el corazón, ya no aguanto más”, le dijo Pinzón a Farfán.
Le contó la historia de la masacre y le dio los nombres de cada miembro del escuadrón. La conversación duró horas. Farfán se sintió abrumada con una mezcla de disgusto y gratitud. Fue incapaz de estrechar la mano del soldado, aunque vio que su arrepentimiento parecía sincero.
Poco después, Pinzón le presentó a Farfán otro veterano: Ibáñez. La activista convenció a los dos hombres de testificar para Romero. Contaron sus historias fríamente, sin asomo de emoción. Habría sido imposible conocer los detalles de la masacre si los dos no hubieran hablado, por lo que se les concedió inmunidad y fueron reubicados como testigos protegidos.
Los investigadores habían encontrado obstáculos y amenazas por parte del ejército desde un principio. Ahora contaban con testimonios de primera mano que implicaban a la patrulla Kaibil en el crimen.
Había una nueva línea de investigación: el robo de los dos niños por el teniente Ramírez y Alonzo, el ex panadero de la unidad.
Romero pensó que era un milagro. Encontrar a los dos muchachos era un punto crítico. Debían conocer la verdad: vivían con las personas que habían asesinado a sus padres. Ninguna otra atrocidad de derechos humanos registrada contaba con este tipo de evidencia.
En 1999, Romero y otro fiscal fueron a casa de Alonzo, cerca de la ciudad de Retalhuleu. Su oficina contaba con tan pocos recursos que no había apoyo policiaco ni armas. Romero tenía sus reservas por tener que enfrentarse a este militar con acusaciones tan graves. Sabía que los Kaibiles se jactaban de ser considerados máquinas de matar.
Cuando vio al soldado sentado en la entrada de su modesta casa, todos sus miedos desaparecieron. “Se le ve un hombre sencillo, un campesino humilde”, pensó.
Las fotos familiares en casa de Alonzo confirmaron sus sospechas de que estaba en el lugar indicado. Era un maya de piel oscura y cinco de sus hijos se parecían a él. El sexto chico, llamado Ramiro, tenía piel blanca y ojos verdes.
“Mi hijo mayor tiene una historia muy triste”, le dijo Alonzo a la fiscal.
Confesó que tras la masacre se había quedado con Ramiro y lo había tenido viviendo en la escuela militar por tres meses. Trajo el niño a casa y a su esposa le contó que había sido abandonado. Alonzo dijo que había enlistado a Ramiro, ya con 22 años, en el ejército. Se negó a revelar la ubicación del chico. Cuando la oficina de la fiscal empezó a indagar, el Ministerio de Defensa le preguntó a Ramiro si tenía algún problema con la ley. En vez de cooperar, el Ministerio le movió de una base a otra.
Los investigadores estaban preocupados de que Ramiro se encontrara en un grave peligro si los militares se enteraban de que era prueba viviente de una atrocidad. Eventualmente, los fiscales lo encontraron y se lo llevaron. Ramiro les contó que tenía recuerdos de la masacre y del asesinato de su familia.
La familia Alonzo lo había tratado mal, declaró, lo golpeaban y lo usaban casi como su esclavo. Durante un episodio de ira, Alonzo borracho, le disparo con un rifle. Las autoridades le convencieron que abandonara las fuerzas armadas y le ofrecieron asilo político en Canadá.
La búsqueda del otro joven fracasó.
Los fiscales averiguaron que el nombre del chico era Óscar Alfredo Ramírez Castañeda. Su presunto raptor, el teniente Ramírez, había muerto ocho meses después de la masacre. Ramírez, que dormía sobre un camión que transportaba madera para construir una casa, murió instantáneamente cuando el camión volcó.
Una hermana del teniente fue interrogada en Zacapa en 1999 y confesó que Ramírez había traído el niño a casa a principios de 1983, alegando que Óscar era el hijo que había tenido con una mujer fuera del matrimonio. Los fiscales encontraron un acta de nacimiento pero ninguna evidencia de que la madre realmente hubiera existido. La hermana admitió que había oído que el niño era de Dos Erres.
Óscar había dejado el país para ir a Estados Unidos. Como su familia no quería ayudar la investigación, Romero se vio obligada a cancelar la búsqueda.
Los investigadores, mientras, avanzaron en otras pistas. Habían identificado a varios ejecutores del escuadrón Kaibil. En el 2000, un juez decretó órdenes de arresto para diecisiete sospechosos de la masacre.
En medio de la realidad sofocante de Guatemala, los resultados eran decepcionantes.
La policía no lograba llevar a cabo los arrestos. Los abogados de la defensa bombardearon a la corte con papeleo y apelaron a la Suprema Corte. Alegaban que sus clientes estaban protegidos por leyes de amnistía, argumentos inexactos que estancaban las investigaciones.
Romero topo con el poder del ejército. Parecía que la justicia se le escapaba, como lo había hecho Óscar.

Capítulo 4: Extrañas noticias de casa

El verano del 2000, Óscar vivía cerca de Boston cuando recibió una carta que lo dejó perplejo.
Un primo suyo en Zacapa le había enviado una copia de un artículo publicado en un diario de la Ciudad de Guatemala. Describía la investigación de Romero en busca de dos jóvenes que habían sobrevivido a la masacre y habían crecido en familias de militares.
“El Ministerio Publico busca a raptados en Las Dos Erres”, decía el encabezado. “Sobrevivieron a la matanza”.
La nota explicaba que los fiscales habían identificado a ambos jóvenes. Uno de ellos, Óscar Ramírez Castañeda, vivía en algún lugar de los Estados Unidos. Era posible que por la corta edad que tenía cuando todo sucedió, no recordase nada de la masacre o el secuestro por parte del teniente, mencionaban los fiscales.
El periódico mostraba una foto de Óscar a los ocho años. El artículo contenía más información sobre Ramiro, ya que los fiscales habían logrado interrogarle antes de que consiguiera asilo en Canadá.
La foto mostraba a Ramiro como cadete, sosteniendo un rifle y vestido con el mismo uniforme del ejército que había asesinado a su familia. El texto mencionaba que existía la sospecha de que ambos chicos, que tenían ojos verdes y piel clara, eran hermanos.
“La orden era acabar con todos los habitantes de Dos Erres”, decía el artículo. “Nadie puede explicar por qué el teniente Ramírez Ramos y el sargento López Alonzo tomaron la decisión de llevarse a los dos niños”.
Óscar estaba desconcertado y llamó a una tía en Zacapa.
“¿De qué se trata todo esto?”, preguntó. “¿Por qué sale mi foto en el periódico?”.
Su tía había leído el artículo y le dijo que no sabía qué pensar de las acusaciones, salvo que eran falsas. Insistió en que el teniente era su padre y que no pensase más en eso. Según ella, la historia era un intento de la izquierda por manchar el nombre de un honorable soldado.
En medio de los conflictos ideológicos de Guatemala, era posible. Muchas familias afiliadas al ejército o a partidos políticos de derecha sentían que la izquierda había distorsionado la historia de la guerra civil. Se quejaban de que los guatemaltecos y los críticos extranjeros exageraban los abusos de las fuerzas armadas mientras desestimaban la violencia de la guerrilla.
La tía de Óscar le convenció de que las acusaciones eran demasiado extrañas como para ser creíbles.
“Si de verdad tengo un hermano, como dicen, que me busque”, le dijo a su tía. “Él sabrá si es mi hermano o no”.
Las memorias de Óscar respecto a su niñez más temprana eran borrosas. Nunca había sabido nada de su madre y no tenía recuerdos reales del teniente. El joven había crecido en una casa de dos cuartos, en una granja de la región seca y caliente de Zacapa. Su familia cultivaba tabaco y cuidaba el ganado. La matriarca de la familia era su abuela Rosalina, quien lo crió tras la muerte del teniente Ramírez. Óscar la consideraba como su madre.
Rosalina era cariñosa y estricta, Óscar siempre tenía tareas que hacer. Ordeñaba a las vacas a las cinco de la mañana, trabajaba el campo después de la escuela e intentaba hacer cigarrillos –aunque nunca fue su fuerte-. Amaba la vida en la granja, montar a caballo, caminar en el campo. Sus tías se aseguraban siempre de que fuera limpio y bien vestido a la escuela.
Los Ramírez eran personas trabajadoras y esforzadas. Uno de los tíos de Óscar era un reconocido doctor. Dos de sus tías eran enfermeras. La familia, sus vecinos y amigos sentían mucha admiración por el padre de Óscar, el teniente, por su generosidad y sus proezas en el campo de batalla. Había ayudado a pagar la educación de sus hermanos y había llevado a sus compañeros combatientes de Nicaragua para establecerse en Zacapa. Un campo de fútbol de una escuela militar llevaba su nombre en su honor.
Sin embargo, Óscar nunca mostró interés en seguir los pasos del teniente. Sus tías le intentaron convencer de ir a un colegio militar, pero a él no le gustaba recibir órdenes. Tenía un espíritu independiente.
Se graduó de la escuela preparatoria con un titulo de contador. Fue difícil conseguir empleo. Tras la muerte de su abuela, tuvo alguna disputa con familiares por la herencia. Decidió probar su suerte en EUA. En 1998 Óscar viajó al norte como muchos otros guatemaltecos. Entró a México y cruzó ilegalmente la frontera hacia Texas.
Tras una breve estancia en Arlington, Óscar se estableció en Framingham, Massachusetts. El suburbio al oeste de Boston tenía una comunidad grande de centroamericanos y brasileños. Encontró empleo en un supermercado. La paga y las prestaciones eran sólidas y nadie lo molestaba por su situación como inmigrante indocumentado.
Pronto, su nueva vida lo fue consumiendo. Se reunió con Nidia, su novia de la adolescencia, quien había llegado también de Guatemala. En 2005 se mudaron a una pequeña casa de dos pisos en un complejo residencial.
Nidia dio a luz a dos niñas y un niño, inteligentes y dinámicos que hablaban fácilmente tanto el inglés como el español. Su familia mantenía ocupado a Óscar: la iglesia, las lecciones de natación, las barbacoas. Ascendió como asistente del gerente en el supermercado pero perdió su trabajo durante una campaña contra inmigrantes en el 2009. Encontró dos empleos: como supervisor en una compañía de limpieza en las mañanas y en un restaurante de comida rápida por las tardes.
Óscar era educado y tranquilo. Hablaba bien inglés. Los clientes frecuentes del restaurante mexicano donde trabajaba llegaron a pensar que era el dueño. A pesar de la precaria vida como inmigrante indocumentado, Óscar gozaba de buena salud y no le faltaba comida en su casa. Se consideraba un hombre feliz.
El artículo en el periódico le había generado dudas. Sin embargo, conocía su país, un lugar donde los misterios abundan y donde las acusaciones y sospechas rebasan a los hechos.
Con el paso de los años, pensaba cada vez menos en ese episodio de su vida.

Capítulo 5: La Cacería Avanza Hacia el Norte

Frustrados por el limbo en el que se encontraba el caso de Dos Erres, activistas guatemaltecos iniciaron un proceso en contra de su propio gobierno en un tribunal internacional.
La acción legal generó la publicación del listado de Kaibiles sospechosos. Algunos habían muerto, pero había otros fugitivos. De pronto una ayuda de un lugar inesperado apareció: En Washington, D.C. la unidad especial del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos (U.S. Immigration and Customs Enforcement, ICE) cuya misión es encontrar a los criminales de guerra que llegan a los Estados Unidos, se interesó en el caso.
Jon Longo, un agente de ICE en West Palm Beach, Florida, de estatura baja y una barbita en el mentón, recibió el caso. Este estadounidense de ascendencia italiana y originario de la ciudad de Boston, tenía 39 años y apenas dos en ese trabajo. Sin embargo, contaba con una maestría en psicología y había trabajado durante ocho años como terapeuta en una prisión. Tenía experiencia para hacer hablar a los criminales.
Investigadores de ICE sospechaban que Gilberto Jordán, uno de los Kaibiles incluidos en la lista, vivía en la comunidad de Florida de Playa Delray ubicada a media hora en auto desde la oficina de Longo. Jordán trabajaba como cocinero en dos country clubs de la zona. Longo recibió órdenes de investigar a Jordán. Si este participó en la masacre, Longo debía armar un expediente legal en su contra utilizando las leyes estadounidenses.
Jordán no podía ser juzgado por asesinato. Se había convertido en ciudadano de Estados Unidos y no podía ser deportado a Guatemala para enfrentar un proceso en ese país. EUA tampoco lo podía juzgar por un delito cometido muchos años antes en un país extranjero.
Longo revisó las leyes de inmigración de los Estados Unidos. Jordán, de 53 años, había declarado en sus formularios de naturalización que no fue miembro de las fuerzas militares ni cometió delitos en Guatemala. Si era cierto que había sido miembro del ejército o había participado en el ataque en Dos Erres, entonces había mentido en su declaración para conseguir la ciudadanía. De esa forma, había violado la ley estadounidense. Longo quería armar el caso de la manera más simple. Se preguntó a sí mismo: “¿Cómo pruebo que cometió esos delitos?”.
El agente Longo se metió a fondo en los documentos del caso sin perder de vista su meta. Jordán dejó Guatemala poco tiempo después de la masacre y entró por Arizona, sin documentos. En 1986 obtuvo su residencia legal en el país, gracias a una amnistía migratoria que se aprobó en Estados Unidos. Obtuvo su ciudadanía en 1999. Tenia tres hijos grandes—uno de ellos era miembro de los Marines de Estados Unidos y veterano de la guerra de Irak-.
Longo pidió el expediente militar de Jordán y confirmó las sospechas acerca de su pasado como soldado Kaibil. En Houston, agentes de ICE detuvieron a Alonzo, otro de los sospechosos en el caso Dos Erres. Alonzo era el ex-panadero de la patrulla que se llevo a Ramiro, el niño de cinco años que fue robado. Alonzo ya había sido deportado de Estados Unidos y volvió a entrar. ICE lo acusó de regresar a Estados Unidos sin documentos por segunda vez. 
Longo entrevistó a Alonzo sobre Dos Erres a principios del 2010. También interrogó a Pinzón e Ibáñez, los Kaibiles arrepentidos que eran testigos. Le hablaron de las acciones de Jordán durante la masacre. En mayo de ese año, Longo estaba listo para arrestar a Jordán. Sin embargo, los fiscales estadounidenses le indicaron que necesitaba evidencias más contundentes que probaran que Jordán había participado en la masacre y que había mentido. Sin una evidencia sólida, como una confesión, la fiscalía no lo podría acusar.
Longo y sus superiores decidieron que era tiempo de visitar a Jordán en su casa. Era una medida arriesgada. Los asesinos tienden a confesar más fácilmente en las películas que en la vida real. Especialmente aquéllos con entrenamiento en operaciones clandestinas y en guerra psicológica.
Longo planificó su encuentro con mucho cuidado. Se enfrentaría a un soldado bien entrenado que podría estar armado. Reclutó a un agente de ascendencia latinoamericana, quien también era un veterano de las fuerzas especiales, para que el encuentro fuera más amigable.
Como permite la ley federal, ICE armó una estrategia para acercarse al fugitivo. Jordán había sido miembro de la guardia presidencial en su país. Así que le preguntarían sobre el reciente arresto en Estados Unidos del ex-presidente de Guatemala, Alfonso Portillo por corrupción y lavado de dinero. Después, le preguntarían sobre Dos Erres. Si Jordán no quería hablar tendrían que retirarse.
En la mañana del día del encuentro, Longo ordenó que agentes de ICE siguieran a la esposa de Jordán, quien trabajaba limpiando casas en el área cercana. Los agentes de ICE, por su parte, pensaban visitar a Jordán en su trabajo. Pero justo ese día decidió descansar en casa por enfermedad. Así que con sus chamarras con insignias de ICE los agentes se presentaron en la casa de Jordán en un barrio modesto multiétnico de Florida. La pick-up de Jordán estaba estacionada frente a la entrada de su cochera. Antes de bajarse de sus vehículos, los agentes dieron dos vueltas a la casa. La primera vez la puerta de la cochera estaba abierta. En la segunda, estaba cerrada.
Longo llamó a Jordán por teléfono y se identificó como un agente federal. Jordán lo invitó amablemente a su casa. Cuando el equipo tocó a la puerta, nadie respondió. Longo volvió a llamarle, pero esta vez no recibió respuesta. El tiempo avanzaba. Los agentes tenían las manos sobre sus revólveres.
“No tenemos una orden de cateo”, pensó Longo. “Quizás tiene un cañón allí adentro.”
Longo llamó a los agentes que vigilaban a la esposa de Jordán. Les pidió que la abordaran y le explicaran la situación. La esposa aceptó llamarlo. Jordán respondió a la llamada como un hombre acorralado.
“Vinieron a matarme”, le dijo a su mujer por el teléfono.
“No. Son americanos”, explicó la esposa.
“Están armados”, respondió Jordán.
Al final, la tensión se disipó y Jordán abrió la puerta e invitó a los agentes a entrar. Era bajo de estatura. Su pelo canoso tenía un corte militar. Su cara era arrugada. Vestido con una gorra de beisbol, camiseta y jeans, tenía aspecto de estar descansando. Se sentaron en la cocina alrededor de una mesa de madera rústica. Fotos de sus hijos colgaban en la pared. Comenzaron hablando de trivialidades en una mezcla de inglés y español. Pronto llegó a casa su esposa.
Jordán aceptó responder a las preguntas de los agentes y firmó un formulario de Derechos Miranda, dejando claro que sabía que tenía el derecho legal de no contestar preguntas si no quería. Admitió que fue un Kaibil. En su casa no exhibía ningún recuerdo militar porque a su esposa le daba miedo. Ella había escuchado historias de ex soldados atacados en los Estados Unidos por guatemaltecos que odiaban a los militares.
Longo había entrevistado a muchos asesinos en su vida profesional. Jordán no tenía la facha de ser uno. Aunque tranquilo y reservado, parecía querer hablar. “Nos está soltando pequeños pedazos de información”, pensó Longo.
“Tuve problemas en Guatemala,” dijo Jordán. “La gente dice que hice cosas. Hubo una masacre”.
“¿Dónde?”, preguntó Longo.
“En un lugar llamado Dos Erres”.
Longo no lo apresuró. La conversación volvió al tema de la masacre. Jordán respiró profundo. Entonces, contó la historia de Dos Erres. Les describió la carnicería alrededor del pozo.
“Todos”, dijo Jordán, y luego hizo gestos para indicar que tiraron a las victimas dentro del pozo. Comenzó a llorar. “Tiré a un bebe en ese pozo”, dijo.
Jordán conto cómo lloró en el momento en que mató al bebe. Negó haber violado a mujeres o a niñas. Su mujer escuchaba compungida. “Ya sabe de Dos Erres”, explicó Jordán.
“Sabía que este día iba a llegar”, les dijo. Longo pensó que se había quitado un gran peso de encima.
Después de 45 minutos de conversación, Longo agradeció a Jordán su franqueza. Su corazón latía fuerte. Salió al lado de la cochera y llamó a una fiscal federal para informarla de la declaración de Jordán. La fiscal sabia que Longo quería meter preso a Jordan en el acto. Pero le dijo a Longo que no le arrestara. Quería dejar constancia clara que la confesión fue voluntaria y sin ninguna presión.
“Dile que se presente en tu oficina mañana por la mañana, para una entrevista formal”, dijo la fiscal.
Al día siguiente, los agentes arrestaron a Jordán cuando se presentó con su abogado a la cita. En pocas semanas, decidió admitir su culpabilidad del delito de haber ocultado información y proporcionado declaraciones falsas en su forma migratoria.
La fiscalía quería que recibiera la sentencia máxima. En el juicio en una corte de Florida, Ramiro Cristales se presentó como testigo. Viajó desde Canadá donde vivía como refugiado. Longo pensó que encontraría a un hombre acabado pero Ramiro era un joven guatemalteco de 33 años lleno de valentía y madurez.
En su testimonio, Ramiro detalló cómo los Kaibiles entraron en la casa donde vivía con sus padres y sus seis hermanos. Los golpearon y los aterrorizaron.
“Comenzamos a rezar porque ellos nos dijeron: ‘si creen en Dios recen, porque nadie los va a salvar’”, Ramiro atestiguó.
No se sabe la precisión de los recuerdos que Ramiro tiene de ese día. Contó ante la corte que durante la masacre, se quedó en la iglesia con las mujeres y los niños. Los soldados tiraron a sus hermanitos al pozo.
La condena por el crimen de Jordán rara vez resulta en más de seis meses de cárcel. Pero el Juez del Distrito William J. Zloch estaba impactado por lo que escuchó en el juicio. Cuando el abogado de Jordán argumentó que su cliente no era un peligro para la comunidad, el Juez se enfadó aún más.
“¿Después de todas estas acusaciones?” demandó saber el Juez Zloch. “¿Cuánto más tiene que cometer después de este incidente? ¿Cuántas otras cabezas tiene que aplastar? ¿Cuántas otras mujeres tienen que ser violadas? ¿A cuántas otras personas tienen que disparar? ¿Cuántas?”.
En Septiembre 2010, Jordán recibió la sentencia máxima por el crimen: 10 años en una prisión federal.
Los investigadores de ICE volvieron a revisar la lista de Kaibiles y los buscaron en todo Estados Unidos. En el Condado de Orange en California, agentes de ICE encontraron a Pimentel, el ex-sargento que días después de las violaciones y asesinatos en Dos Erres había partido a la academia militar estadounidense en Panamá. Pimentel había recibido una Condecoración del Ejército de Estados Unidos por sus servicios. Cuando lo encontraron, vivía sin documentos y trabajaba en mantenimiento. Fue deportado a Guatemala para enfrentarse a la justicia.
Investigadores federales también averiguaron que Sosa, el sub-teniente que supuestamente tiró la granada en el pozo de Dos Erres, era ciudadano estadounidense y un reconocido instructor de artes marciales en el Condado de Orange. Sosa se había mudado a Canadá, donde lo detuvieron y ahora está en prisión, esperando ser deportado para un juicio en California por falsificación de su forma migratoria. Alonzo, el Kaibil que raptó a Ramiro, también se declaró culpable en Houston y aceptó atestiguar contra Sosa, su antiguo oficial superior.

Capítulo 6: Cocorico2

Las detenciones en Estados Unidos dieron nuevos aires a la investigación de la fiscal Romero.
El Ejército de Guatemala recibió mejor las indagaciones de autoridades estadounidenses que las de sus propios fiscales. Entregaron documentos sobre los comandos fugitivos detenidos por ICE. Los investigadores estadounidenses, por su parte, compartieron los documentos con sus colegas en Guatemala. La confesión de Jordán reforzó el caso contra más de una docena de sospechosos que eran fugitivos.
La atmósfera en Guatemala había cambiado. Para finales de 2010, el Presidente Álvaro Colom nombró un nuevo fiscal general. Claudia Paz y Paz era la primera mujer del país en ese cargo. Paz y Paz comenzó una campaña sin precedentes contra los violadores de derechos humanos. Acusó al ex dictador Ríos Montt de genocidio y de crímenes de ‘lesa humanidad’.
Además, la Corte Inter Americana de Derechos Humanos en Costa Rica había dado un fallo a favor de los activistas de derechos humanos guatemaltecos. El edicto forzaba a la Corte Suprema de Guatemala a continuar con el caso de Dos Erres.
En el 2011, después de 15 años de investigación, la fiscal auxiliar Romero ordenó nuevos arrestos. La policía capturó a tres de los Kaibiles implicados en el caso y a Carías, el ex comandante de Las Cruces.
Los investigadores se enfrentaban a situaciones hostiles y peligrosas. Un testigo fue asesinado. Familias de militares en los barrios de Ciudad de Guatemala donde vivían los ex militares sospechosos amenazaban a la policía cuando llegaba a buscar criminales de guerra. El Coronel Roberto Aníbal Rivera Martínez, quien como teniente había sido comandante de la patrulla de Dos Erres, pudo huir cuando las autoridades llegaron a su casa ya que tenía un túnel conectado a otro inmueble. Los fiscales sospechaban que algunos de los fugitivos de Dos Erres, y otros casos, vivían protegidos en bases militares o en áreas dominadas por militares.
Uno de los Kaibiles detenidos habló de los dos niños robados en su declaración en Ciudad de Guatemala. El juez supervisor ordenó a Romero que redoblara sus esfuerzos para encontrar a Óscar. Años atrás, la renuencia de la familia de Óscar en Zacapa había acabado con la esperanza de encontrarlo. La historia que se publicó en el periódico tampoco ayudó al caso de la fiscalía.
Ahora, existía otra oportunidad. En mayo del 2011, Romero regresó a Zacapa, donde Óscar creció. Otra vez visitó a su tío, el reconocido doctor en esa región. En la primera visita hacía unos años, el doctor la había acusado de difamar el nombre del Teniente Ramírez con sus preguntas sobre el origen de Óscar. Esta vez, el médico parecía algo más cooperativo. Le dijo que Óscar vivía en los Estados Unidos con su esposa e hijos, pero que no tenía su número telefónico. Sin embargo, le dio una pista.
“El apodo de su mujer es La Flaca”.
Con ese detalle, Romero y sus investigadores preguntaron al dueño de una pequeña tienda, quien les ayudó a encontrar a los familiares de la esposa de Óscar en un caserío cercano. La fiscal entrevistó a la familia de la esposa y ellos le dieron el correo electrónico de Óscar. La dirección tenía la palabra ‘Cocorico2’. Romero entendió que Óscar utilizaba el mismo apodo que el Teniente Ramírez.
Unos días después, el mismo Óscar llamó a Romero al escuchar de su visita a sus suegros. Ella no quiso hablarle mucho. No quería tirarle una bomba así por teléfono.
Romero se sentó frente a su computadora a escribirle un correo electrónico. Se esmeró en encontrar las palabras adecuadas que le explicaran a Óscar que su vida hasta ahora, había sido una mentira. Romero sabía que Óscar vivía en EUA sin documentos. Se imaginó su existencia tan lejos de su patria. Pensó en cómo lo impactaría el mensaje.
¿Necesitaría ayuda psicológica después de recibir la noticia?
Continuó con su mensaje. Lo tenía que hacer. Comenzó así: “Usted no me conoce”.
Cuando Óscar terminó de leer el mensaje en Framingham, su cabeza se volvió un torbellino de pensamientos confusos. La fiscal insinuaba que había tenido una vida completamente diferente hasta los tres años. Lo encontraba difícil de creer. No podía recordar ninguna imagen de Dos Erres. La familia que conocía como la suya en Zacapa lo había tratado como uno de ellos.
Luego volvió a pensar en el artículo en el periódico sobre él y Ramiro de hacía una década. Ésa fue la historia que sus familiares de Zacapa le dijeron que era impensable. Sus dudas de aquella época surgieron de nuevo.
Óscar volvió a llamar a Romero y aceptó hacerse una prueba de ADN. El 20 de junio del 2011, Fredy Peccerelli, un investigador de derechos humanos guatemalteco, lo visitó en Framingham. Estaba allí para recoger la evidencia que determinaría la identidad verdadera de Óscar para siempre.
Los dos se llevaron bien. Peccerelli tenía la cabeza rapada, el físico de un levantador de pesas y un acento de Bensonhurst, el barrio italiano de Brooklyn, New York. Parecía más un héroe de acción que un científico y luchador de derechos humanos.
Nacido en Guatemala y criado en Brooklyn, Nueva York, Pecerelli, a sus 41 años es uno de los mejores antropólogos forenses en Latinoamérica. Su organización, la Fundación de Antropología Forense de Guatemala (FAFG), apoya en investigaciones sobre violaciones de derechos humanos. Hacen exhumaciones en sitios donde ocurrieron masacres y en cementerios clandestinos. Las pruebas de ADN se llevan a cabo en un laboratorio de alto nivel científico localizado detrás de unas paredes altas con concertina de seguridad, en la Ciudad de Guatemala.
En 2010, la Fundación de Peccerelli analizó los restos de Dos Erres recolectados por el equipo argentino en 1995. El equipo de Peccerelli utilizó nueva tecnología sofisticada para extraer ADN de los familiares de las victimas de Dos Erres y buscar conexiones.
Cuando Peccerelli se encontró con Óscar, intentó imaginarse cómo había sobrevivido cuando era un niño. ¿Había visto a toda su familia ser asesinada?
Peccerelli quería proteger a Óscar. El joven se mostró precavido. Peccerelli le dijo que él sabía lo que significaba ser un inmigrante escondido en las sombras. Su padre había sido un abogado en Guatemala. Cuando Peccerelli era un niño, su familia tuvo que huir por amenazas de muerte y se trasladó a los Estados Unidos.
Poco a poco, Oscar se sinceró. Le contó sobre su odisea de Guatemala a EUA. Peccerelli tomó la muestra de ADN. Después, Oscar y su esposa prepararon una gran cena para todos los presentes.
Peccerelli había pasado toda su vida profesional uniendo las piezas de esqueletos destruidos. Hoy, por primera vez, estaba frente a una evidencia viviente. Tenía la rara oportunidad de hacer preguntas importantes.
En otros casos de robo de niños por soldados, los menores habían sufrido abusos, como Ramiro. Algunos habían sido forzados a dormir con los animales y a trabajar 20 horas al día. Peccerelli estaba fascinado al escuchar esta experiencia de primera mano.
“¿Cómo te trataron?”, le preguntó a Oscar.
“Donde yo crecí, crecí bien”, le respondió Oscar de forma serena y lacónica. “No fui tratado diferente de los otros niños”.
Peccerelli regresó a Guatemala para terminar la prueba de ADN. Se quedó con la impresión de que Óscar quería saber más, pero al mismo tiempo tenía muchas dudas.
En algún lugar de su alma, Peccerelli pensó, Oscar no quiere que esto sea verdad.

Capítulo 7: “Las penas nadan”

Óscar esperó alrededor de seis semanas los resultados de la prueba de ADN.
El 7 de agosto, Peccerelli le llamó desde Ciudad de Guatemala. Le explicó que las pruebas habían descartado una de las teorías de la fiscalía: que Óscar y Ramiro podían ser hermanos.
“Gracias”, dijo Óscar. “No me sorprende”.
Peccerelli hizo una pausa. Había más.
“Encontramos a tu padre biológico”, le dijo a Óscar. “Es un señor llamado Tranquilino”.
Óscar volteó a ver a Nidia. Le dijo las palabras que aún le costaba creer: “Encontraron a mi padre”.
Tranquilino Castañeda había sido un campesino en Dos Erres. Había escapado de la masacre porque se encontraba trabajando la tierra en otro pueblo. Por casi treinta años, pensó que los militares habían asesinado a su esposa y a sus nueve hijos.
Óscar era el más joven de ellos: Su nombre real era Alfredo Castañeda.
Peccerelli, Aura Elena Farfán y otros investigadores armaron una conversación en video entre los dos sobrevivientes.
Óscar pudo ver a su padre a través de la pantalla de la computadora. Castañeda era un hombre larguirucho, de 70 años, con un sombrero vaquero. Su rostro evidenciaba décadas de trabajo, soledad y tristeza.
Los investigadores habían tomado muestras del ADN de Castañeda, pero nunca le contaron sus sospechas sobre quién era Óscar. Cuando tenían la certeza y decidieron contarle, llevaron a un médico por si las dudas. Una de las investigadoras de derechos humanos acercó la silla del hombre a la suya y se inclinó.
“Le voy a contar algo”, le dijo. “¿Conoce a esa persona? Al tipo que aparece en la pantalla”.
“No, no tengo idea de quién es”, contestó Castañeda.
“Es su hijo”.
Castañeda se quedó pasmado. Su reacción fue más bien triste y de desconcierto que de alegría. El grupo se junto alrededor de él, mientras el viejo se tomaba un trago de licor.
El padre miraba la pantalla sin dar crédito. Intentó comparar el rostro del hombre a cuatro mil kilómetros de distancia con el del niño regordete y pequeño que recordaba. Mientras los demás miraron con lágrimas en los ojos, Castañeda llamó a su hijo por su verdadero nombre.
“Alfredito”, le dijo. “¿Cómo estás?”
La conversación era emotiva e incómoda. Óscar no sabía qué decir. Castañeda le preguntó si recordaba que le faltaban sus dientes delanteros cuando era pequeño. El joven le dijo que lo recordaba. Pasaron tiempo sólo mirándose uno al otro.
Padre e hijo hablaron de nuevo por teléfono y por Skype. Pronto, se encontraron hablando cada día, conociéndose más, llenando las tres décadas que pasaron separados.
La familia del teniente estaba igualmente sorprendida, pero no tenían rencor aparente. Invitaron a Castañeda a visitarlos a Zacapa y se maravillaron al ver la semejanza entre el viejo y el hombre que conocían como Óscar. Castañeda se unió a una barbacoa que organizaron los Ramírez. En fotos que la familia le envió a Óscar su padre lucía años más joven.
Castañeda quedó destrozado por la pérdida de su familia. Tras la masacre, se refugió en una choza en la selva. Nunca se volvió a casar y bebió tanto como una persona puede llegar a beber.
“Pensé que podría ahogar mis penas, pero no se puede”, dijo Castañeda. “Las penas nadan”.
La nueva y profunda relación de Óscar con su padre lo llevó a otro mundo. Tuvo mucho que pensar. Aunque hablaba fácilmente de algunos temas –el trabajo, el fútbol, la vida como un inmigrante indocumentado-- le tomó un gran esfuerzo abrirse a las maravillas y traumas de ese año pasado.
La persona con la que pudo hablar sobre el tema fue Ramiro, el otro sobreviviente raptado. Tuvieron largas charlas por el teléfono. Se hacían preguntas sin respuesta.
¿Por qué los soldados les habían perdonado la vida?
¿Qué clase de hombre asesina familias pero decide salvar y criar a un niño?
Durante las dictaduras en Argentina y El Salvador, el robo de infantes de familias de izquierda se volvió un tráfico organizado y a veces rentable. Por su ideología, los secuestradores querían eliminar otra generación de futuros subversivos, raptándolos y vendiéndolos a familias de derecha.
En Guatemala esos crímenes eran más oportunistas y menos sistemáticos. Los investigadores oficiales estimaban que los militares habían secuestrado a más de 300 niños durante la guerra civil. En una sociedad pobre y rural, la historia de Ramiro de maltratos y abusos, era algo común.
La experiencia de Óscar resaltaba porque su familia le había tratado bien. Los investigadores piensan que el teniente lo llevó a su casa para darle el gusto a su madre, quien se quejaba de no tener un nieto.
Óscar finalmente entendió que su padre “adoptivo” supervisó los asesinatos de sus hermanos y de su madre. Leyó sobre los horrores ‘medievales’ de la masacre. Se dio cuenta de que una foto en el álbum del teniente –con soldados posando con un aparente prisionero atado—mostraba una escena que pudo ser igual que la del “guía” asesinado después de Dos Erres.
Sentado en la mesa de la cocina, examinó tranquilamente el álbum de fotos. Pensó en dos hechos: El teniente lo había salvado y la familia Ramírez lo había tratado como uno de los suyos.
“Aún es un héroe para mí”, dijo Óscar. “Lo veo de la misma forma como lo hacía antes”.
Y de repente: “Él estaba en el ejército, allí te dicen cosas y tienes que hacerlas. Especialmente en tiempos de guerra, aunque no quieras”.
Para los investigadores, Óscar se había convertido en un poderoso testigo al que había que proteger. Peccerelli lo ayudó a encontrar a un importante abogado estadounidense. Scott Greathead, un socio de la firma Wiggin and Dana en Nueva York tenía una trayectoria de activismo en derechos humanos en Latinoamérica por las ultimas tres décadas. Entre sus casos más importantes, Greathead representó a familias de monjas de EUA que fueron violadas y asesinadas por soldados salvadoreños en 1980.
Greathead y sus colegas en Boston compilaron una demanda en busca de asilo político para Óscar en EUA, bajo los argumentos de que sería un objetivo potencial si volvía a Guatemala.
“Hay gente”, dijo Óscar, “que no quiere desenterrar el pasado”.

Capítulo 8: Dos Guatemalas

El pasado agosto, una corte guatemalteca declaró culpables de asesinato y violación de los derechos humanos a tres ex soldados del escuadrón de Dos Erres. Recibieron sentencias de 6,060 años de prisión, equivalente a treinta años por cada una de las 201 victimas, más treinta por crímenes de ‘lesa humanidad’.
La corte condenó y sentenció al coronel Carías, el ex teniente y comandante local que ayudó a planear y encubrir el asalto, por los mismos crímenes. También recibió seis años adicionales por el saqueo a la aldea.
Hace dos meses otra corte de Guatemala sentenció a 6,060 años de cárcel a Pimentel, el ex-instructor de la Escuela de las Américas quien fue arrestado y deportado por agentes de ICE en California. Durante el juicio, los fiscales incluyeron la historia de Óscar por primera vez, añadiendo la prueba de ADN como evidencia.
La fiscal general Paz y Paz dijo que las condenas sentaron un mensaje sin precedentes.
“Es muy importante por la gravedad de los hechos”, dijo en una entrevista. “Antes, parecía imposible”.
El caso de ninguna manera queda cerrado. Siete sospechosos continúan prófugos, incluyendo dos altos mandos del escuadrón. Las autoridades piensan que pueden estar en los Estados Unidos o en Guatemala, protegidos por poderosos nexos con el ejército y el crimen organizado.
Las condenas han provocado resentimientos. Los críticos alegan que el enfoque de la izquierda en casos de derechos humanos está lejos de la realidad. La mayoría de los guatemaltecos menores de 30 años están más preocupados por la inseguridad, la pobreza y el desempleo, según el reciente presidente electo Otto Pérez Molina, un ex general y miembro, en un momento, de la escuela Kaibil.
Cuando se trata de perseguir las atrocidades, el presidente sigue una estrecha línea. El hombre de 61 años hizo su campaña electoral con una plataforma de mano dura contra el crimen. Pérez Molina jugó un papel importante durante las negociaciones de paz en los años noventa. Desde entonces ha tratado mantener el perfil de un militar moderado. Tras una incertidumbre inicial acerca de sus intenciones, expresó su apoyo a la fiscal general Paz y Paz, y al equipo especial de la ONU encargado de investigar la corrupción.
Por otro lado, Pérez Molina acusa a la izquierda de exagerar los abusos por parte del ejército y de perder de vista el contexto histórico de las atrocidades. Sostiene que Guatemala, como el resto de Centroamérica, tiene retos más inmediatos.
“Hay casos emblemáticos, como Dos Erres”, mencionó Pérez Molina en una entrevista. “Creo que las cortes son las que se deben encargar de dar respuestas. Los casos emblemáticos deben conocerse, pero no es el camino o la ruta que debe seguir Guatemala, al estancarse en estas peleas en los tribunales”.
Centroamérica se ha convertido en la primera línea en la guerra contra el narcotráfico al sur de México. La administración de Obama está luchando contra el crecimiento de las mafias en Guatemala, Honduras y El Salvador por el tráfico de cocaína y de migrantes. Los ataques amenazan con rebasar la región. La taza de 38 homicidios por cada 100 mil habitantes en Guatemala es casi diez veces la de EUA. Se combina con una tasa de impunidad de 96 por ciento. Los números en Honduras y El Salvador son peores.
En respuesta, Pérez Molina, busca una cooperación regional y apoyo de EUA, así como una mayor participación del ejército. Cree que se deben desplegar fuerzas Kaibiles en misiones quirúrgicas contra el crimen, algo opuesto al combate frontal que lleva a cabo México contra los cárteles.
Los legisladores norteamericanos y activistas de derechos humanos están preocupados por la entrada de militares en la guerra contra las drogas, especialmente los Kaibiles. Podría significar nuevos abusos contra civiles. Sin embargo, Pérez Molina dice que las críticas se quedaron atadas al pasado. “Pensar que el ejército en el 2012 es el mismo que existió en los setenta u ochenta, es un gran error”, dice.
Los militares insisten que las fuerzas armadas se han reformado. Niega acusaciones de que altos mandos han interferido en las investigaciones, como el caso de Dos Erres.
Los investigadores siguen creyendo que el ejército –o facciones del mismo—aún están jugando un rol siniestro.
Días después del veredicto del caso Dos Erres, un auto se acercó a Peccerelli mientras conducía con un antropólogo norteamericano en Ciudad de Guatemala. Un hombre en el otro coche se asomó por la ventana y acuchilló un neumático de Peccerelli. Temiendo una emboscada, este huyó a toda velocidad.
Algunos días más tarde, una carta amenazante llegó a casa de su hermana. Describía los movimientos recientes de Peccerelli cuyo trabajo como forense dio evidencia clave durante el proceso de Dos Erres. Prometía venganza por las sentencias dictadas.
“Por tu culpa, los nuestros van a sufrir”, decía la nota. “El neumático no fue nada. La próxima vez será tu cara. Hijo de puta, los tenemos vigilados a todos, a tus hijos, tus coches, tu casa, escuelas…Cuando menos te lo esperes, morirás. Entonces, revolucionarios, tu ADN no servirá para nada”.
La fiscalía dice que las amenazas no los detendrán.
“Estamos haciendo esto, justamente para que no haya dos Guatemalas”, dijo la fiscal Paz y Paz. “Para que no haya una Guatemala con acceso a la justicia y otra donde los ciudadanos no tengan ese acceso”.
Óscar conoce hoy las dos Guatemalas. Aún intenta de entender que significa todo esto. Dos Erres fue una de las 600 masacres durante la guerra. El patrón recurrente en el mapa: Mujeres violadas, niños masacrados, poblaciones enteras borradas. Óscar está listo para testificar en futuros juicios.
“Para mí, sí, es importante investigar Dos Erres porque estoy conectado a esto”, dijo. “Probablemente si no me hubiera sucedido a mí, habría dicho “Mira la violencia en Guatemala hoy, esos otros temas ya son algo pasado”.
“Antes pensaba que la guerrilla y el ejército se mataban entre sí durante la guerra. Pero no sabía que masacraban a gente inocente. Imagino que hay una conexión entre la violencia del pasado y la del presente. Si no agarran a esta gente, seguirá extendiéndose. La gente hace lo que quiere”.
El padre de Óscar no hace mucha introspección política. Su nueva misión es conocer a su hijo en persona. Peccerelli y la activista Farfán planean llevarlo a los Estados Unidos pronto. La espera lo tiene ansioso. Aún sufre problemas con el alcohol y a veces también con su memoria.
Hay cosas que no ha olvidado. Durante una conversación en Ciudad de Guatemala, Castañeda hizo una petición repentina.
“¿Puedo dar los nombres de mis hijos?”, preguntó.
Recitó la lista: Esther, Etelvina, Enma, Maribel, Luz Antonio, César, Odilia, Rosalba…
Y Alfredo, el menor, ahora conocido como Óscar.
“Creo que es mi deber mencionarlos porque eran mis hijos”, dice el padre. “De los nueve, uno sigue vivo. Todos los demás han muerto”.
Traduccion y edición: Arturo García Arellano y Marta Gómez-Rodulfo
©Univision.com
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